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8. OTRA VEZ EN KORA
Las demoras en las estaciones de tránsito de los Hiperpuentes eran habituales, pero, cuando se trataba de mantener oculta a una semidiosa adorada en todo el planeta, los retrasos se prolongaban. Claudia consultó su notebook de pulsera y dio un bufido al corroborar que todavía faltaban dos horas para que los escoltasen hasta Kora. La sala en que se hallaba tenía más lujos que una suite arconte, y el mismo tipo de seguridad.
Los chicos aguardaban en la sala contigua. Su única compañía en ese momento era A-Drián. Para romper el silencio volvió a preguntarle:
—¿Estás seguro de que se trata de un yeil?
—Tiene todas las características —aseguró el robot—, no tengo dudas.
—¿Qué hace con Finsen? —exclamó ella con expresión de desprecio.
—La naturaleza de los yeilines es contraria a todo lo relacionado con el seiyón, debe ser un espía.
—Iba a derribar al Supertzar, Drián. Tuve que usar el sai para frenarlo, ese tipo es peligroso y espero no volver a cruzarme con él.
—Pero yo necesito contactarlo —explicó Drián—, es un vínculo con aquellos que me hicieron.
—No lo creo, amigo. Es un yeil que ayuda al Hechicero Rojo, quizá nunca oyó hablar de ti. —Claudia se dirigió a una vitrina con bebidas para servirse una copa de Kurazao arco iris. Mientras se mojaba los labios meditó sobre los acontecimientos de los últimos días—. Algo está sucediendo —dijo, repitiendo en voz alta sus pensamientos—, una especie de crisis, como hace veinte años.
—¿Algo que puede alterar el futuro de la galaxia?
—Cada paso que damos lo altera, Drián. No, esto tiene que ver con Finsen y los jhaelianos. Hasta ahora, el Arcontado sigue fuerte, a pesar de nuestros intentos por derribarlo. Tengo la intuición de que sucederá un cambio drástico.
—Debo advertirle acerca de ese tipo de crisis —dijo A-Drián aproximándose a la duquesa—, una de ellas provocó el despertar de sus capacidades extrasensoriales.
—¿Qué insinúas, Drián? —dijo Claudia, que no entendió el comentario de su amigo robot.
—Hablo de Bruno. Él tiene la misma edad que usted durante la Caída de los Monárquicos; puede haber heredado la misma condición.
El rostro de Claudia se transformó, nunca se había mostrado dura con A-Drián, pero cuando se referían a su hijo no podía controlarse.
—No me interesa, Drián —dijo—. No quiero crisis para mi hijo, ni enseñanzas jhaelianas, ni ningún otro tipo de fanatismos mesiánicos. Bruno se mantendrá aparte de toda esa basura y a ti te lo encargo. Ahora que Roberto no está, los únicos tutores sois Polypus y tú. —Claudia se dio cuenta de que le temblaba la barbilla y respiró hondo—. Lo siento, Drián, sabes que confío en ti más que en cualquier otro ser.
—Intentaré cumplir con su mandato, mi dama. Sin embargo es una misión que supera a cualquiera.
El tono educado del robot era algo que siempre le mejoraba el humor. Sonrió y terminó el trago.
—Confío en ti, mi amigo.
Horas después descendieron en Kora, con vestimentas locales, simulando ser turistas. Alquilaron un carro tirado por un enorme Gloot, el paquidermo sagrado de Chaipong. —¡Increíble! ¡Hay tecnología de toda la galaxia! —aulló Jean Leloup al oído de Bruno y Luisa mientras apuntaba las lentes de su cámara de mano hacia las casas de altas paredes de lava con minúsculas ventanitas ovales. Al llegar a Kora hubo mucho protocolo. Esperas y traslados en buses con ventanillas reflectantes. Ahora estaban en un country privado del trópico. Una llovizna de gruesas y pesadas gotas formaba tapices rojizos ante ellos al mezclarse con las capas de polvo de óxido.
Bruno cruzó las solapas de su abrigo impermeable por sobre el cierre y aseguró los precintos. Se acomodó un poco la capucha.
—No soporto esta llovizna —dijo.
—Yo tampoco, señor Bruno —agregó Polypus que flotaba a su lado.
Más adelante, su madre caminaba con apremio junto a A-Drián, el robot. Estaban en la entrada a un espacioso galpón. Dentro atestaban robots, criaturas y naves de todo tipo. Desde la izquierda avanzó una comitiva escoltada por un guardia de la secta Rambles con las armas a punto. Los muchachos fueron testigos en muchas oportunidades de los saludos reverentes dirigidos hacia Claudia y en ocasiones también a Drián. El planeta entero parecía reconocerlos.
No era para menos. Años atrás, debido a su intervención, habían anulado a la guarnición arconte y logrado la independencia de Kora, al que llamaban el Chiquero Galáctico. Claudia miraba con superioridad a los transeúntes del galpón.
¡Híbridos! La especie común de este mundo de genética salvaje, se recordó.
Vestía una chaqueta con pantalones tan ajustados a su cuerpo que no dejaban nada para la imaginación. La tela era de una textura irregular en la parte externa. Piel de nuuzba auténtica. El nuuzba era una criatura unicelular de Aguand, el mundo acuático. Crecía en simbiosis con los océanos, conteniéndolos y controlando las mareas. Se alimentaba de los microbios del mar y, al tiempo que era uno de los primeros eslabones de la cadena alimenticia, cuando su masa alcanzaba varios kilómetros podía convertirse en el más temido predador.
El nuuzba era comida, suelo, vestimenta y en ocasiones espíritu guardián.
Claudia había escogido esa ropa y la capa blanca de marsopa por dos razones: una, acentuar su título, otorgado allí en Kora, de Dama Blanca; y otra como reconocimiento al padrino del planeta, Cetar, el aguandés.
La comitiva y los rambles hincaron sus rodillas ante la mujer.
—¡Salve!, Dama Blanca.
Tras ellos se acercaba una enorme pecera a suspensor. En el interior flotaba un ser con aspecto de manatí, de tres metros de longitud, acompañado por dos hembras mucho más pequeñas. Eran algunsas, la especie femenina aguandesa. Su piel era lisa y se antojaba suave de color verde azulado. Los rostros ovales tenían labios amplios y ojos enormes. Unas melenas de algas verdes y amarillas ondeaban cubriéndolas hasta las caderas.
La jhaeliana sonrió con sorna y se paró frente a ellos, deteniéndolos.
—¡Que los dioses te protejan, Cetar de Aguand!
—Sabes que confío más en mi astucia que en esos dioses, Dama Blanca —sonó el traductor que sobresalía del tanque—. ¿A qué debemos tu ilustre visita?
Los azules ojos de Claudia indagaron al cetáceo. Carecía de honor o palabra, pero conocía los negocios.
Y ahora eres todo un político, se dijo ella.
—Roberto Blanco ha muerto —lo dijo tan alto como pudo sin parecer hacerlo. —Solicito al mundo de Kora un salvoconducto.
Cetar burbujeó en su estanque y estudió detenidamente a los forasteros. Ahí estaba el androide que no parecía robot. Y la mujer era feroz, no era sabio tenerla como enemiga; el pueblo de Kora la amaba. En algunos lugares, como el Cementerio de las Naves, le rezaban. Se sospechaba que hasta los rambles usaban su imagen en sus misas secretas.
Sí, se dijo, recuerda que recién viste cómo tus propios guardias rambles se postraron ante ella.
—Mi planeta te debe su libertad. La deuda de los koranios permanecerá, incluyendo a tus hijos y nietos. —No comprometeré a tu pueblo —respondió Claudia—. Sólo deseo un refugio hasta que puedas contactar a la resistencia y enviarme segura con ellos.
El aguandés apartó de su lado a las concubinas. Cerró los ojos y flotó a merced de las ondas de la pecera por un momento. Hubiese deseado realizar ese encuentro con Claudia en su cetarmóvil, el sillón con la pantalla humedecedora que mantenía su piel con la cantidad de agua propicia. Hubiera podido acercarse lo suficiente para utilizar su enorme presencia contra ella.
Esta pared de plastiacero transparente me pone en desventaja, pensó
Vio a los tres muchachos que se ocultaban detrás.
¡Cachorros! Las madres tienen su punto débil en los cachorros.
—Existe un contacto en el Cementerio de la Naves Estelares. Un refugiado de la vieja Cinia nos conseguirá los datos que pides.
Durante la conversación la pandioresa no había dejado de palpar el sai de Cristal Viviente escondido en la muñeca de su guante derecho. Oraba a Vlusul, el supremo que había forjado el objeto para conseguir la protección korania.
—Estoy agradecida, Excelencia —concluyó con una sonrisa.
A pesar de que los años la habían vuelto más opulenta, con menos cintura y más redondeces, su atractivo era mucho más sensual. En su juventud tenía un encanto notable pero pasivo; ahora su belleza se había vuelto legendaria, agresiva.
En un mundo como Kora, que se caracterizaba por las libertades sexuales, duramente amonestadas por Pandior, y donde los híbridos abundaban, ningún habitante discriminaba el atractivo de esa mujer, oriunda del mismísimo planeta del clero. Humana y en adición Heroína Ilustre.
La Dama Blanca.
La extranjera que había convencido a los líderes koranios de enfrentar al Arcontado y competir económicamente con los mundos de Centro.
Cetar abrió los ojos. Sabía que la mujer era verdaderamente peligrosa. Quería, a pesar de todo, tomar ventaja de la situación. Tenía la astronave de Blanco, el Supertzar; sin embargo, esa nave era intocable. Era la misma que había usado la mítica Dama Blanca en el duelo mental con el Arconte Rey. Sólo una cosa quedaba.
—A los koranios nos conviene tenerte lejos, jhaeliana —le confesó—. Todo el Arcontado paga fortunas por tu pellejo. —Claudia hizo ademán de retirarse—. ¡Un minuto!
—¿Qué? —parpadeó la mujer.
Un gordo dedo del Aguandés señaló al muchacho de cabello oscuro y ojos grises.
—¿Ése es el chico que crió, Blanco?
—Es mi hijo, Bruno.
—Él podría quedarse, es a ti a quien buscan nada más. Si tiene la mitad del talento de la madre o del padrastro me sería de gran satisfacción.
—No, gracias, Aguandés —respondió ella cubriendo al joven—. Pronto elegirá su propio destino. Por ahora se lo elijo yo.
—A veces se gana y a veces se pierde —murmuró Cetar alejándose.
Claudia sonrió sabedora de que el Aguandés jamás perdía.
El texto y las ilustraciones son propiedad de M.C. Carper Todos los capítulos Sobre el autor: M.C. Carper
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