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Videodrome (1983) Imprimir E-Mail
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Reseñas - Películas
Escrito por Reverenda Madre   
miércoles, 09 de enero de 2008
El Hombre de Arena
Este artículo está reproducido íntegramente del original que se puede leer aquí, y que fue publicado por Boris en Mayo de 2007 en el Weblog El Hombre de Arena.

Videodrome (1983)      
La verdad es que manda huevos. Cerca ya de las cuarenta reseñas y sin tener la decencia de haber dedicado alguna al bueno de Cronenberg. No hay mejor ejemplo de que, hasta la fecha, este blog no ha brillado demasiado por su criterio a la hora de elegir las películas a comentar, hecho que, esperemos, se rectifique en el futuro más próximo, contando además con la colaboración de nuestros nuevos afiliados –agua de mayo sois, muchachos/a-.
Porque lo cierto es que el canadiense no sólo es uno de los mejores directores del fantástico, sino también mi preferido, probablemente. Así que a enmendarse.

Su anterior film, Scanners, inesperado éxito comercial en listas USA, supuso el espaldarazo económico necesario para que un realizador de su calaña de serie b pudiera colarse, ya con todas las de la ley, en el complicado y desagradecido mundillo del mercadeo de productoras Hollywoodienses, beneficiando a Videodrome de una distribución a cargo de una gran compañía. Circunstancia a favor casi incomprensible si se tienen en cuenta los mascados estándares del cine comercial y el rarito resultado final, que debió de hacer tirar el cubo de palomitas con mantequilla en el regazo del vecino a más de un espectador.

 

Dejando a un lado su suerte pecuniaria, Videodrome fue el punto de inflexión fundamental en la filmografía del director, gracias al que condensó e hizo brillar muchas de las ideas y obsesiones de su trabajo anterior -y posterior- en una obra perturbadora y única, un merecido objeto de culto cinéfago -y no tan cinéfago- desde el mismo día de su estreno. Y el medio para que la farándula de la crítica seria y la intelectualidad se agachara a ver que ocurría por los bajos fondos del cine de género, lo que en muy contadas ocasiones ocurre. Para muestra, el botón que le dedicó el mismísimo Warhol: “es la Naranja mecánica de los 80”

Al que la haya visto le sobra una sinopsis y al que no, también, ya que no le aclararía el argumento, si no lo contrario, así que intentaré ser todo lo rapidito y conciso que pueda. Allá vamos.

Max Renn -encarnado por el rectilíneo rostro de James Woods- es el director del canal televisivo 83, dedicado a contenidos violentos y pornográficos. Un buen día –no sé si de primavera- se topa con la emisión pirata de escenas hardcore en las que se muestra a una mujer siendo torturada. Al tiempo que empieza a buscar hasta por debajo de las piedras las jugosas y potencialmente rentables imágenes, conoce a Nicki -locutora de radio interpretada por la cantante de Blondie, Deborah Harry-, con la que inicia una relación sadomasoquista. Sus pesquisas lo llevan a Videodrome, organización -por ponerle un nombre a algo tan difícilmente definible- dirigida por el Dr O’Blivion, que le aclara la verdadera naturaleza de su trabajo. Su cadena clandestina y la televisión, en general, con su carga de sexo y violencia, es la nueva realidad de la mente humana, es su nuevo ojo, y es capaz de alterar la propia estructura física del cerebro y el cuerpo, como acabará comprobando Max en sus propias carnes -nunca mejor dicho-. A partir de entonces se verá implicado en una trama surrealista que incluye la muerte y conversión de su amante en ente literalmente catódico y el complot interno de los malutos. Y, como suele ser habitual en el cine de Cronenberg, el pobre protagonista de cabeza a la espiral paulatina de destrucción –o mutación- de lo real y del yo.

Y, por fin, llegó La nueva carne, ya con nombre y todo.

El concepto de la transformación del binomio carne-mente, que ya esbozara en sus inicios como cineasta –particularmente en Rabia y Vinieron de dentro de…- y que desarrollará, largo y tendido, en su posterior carrera, es el excelente análisis del proceso de cambio de la sociedad actual, del nuevo tipo de relaciones psíquicas –e incluso corporales- en cuanto a las pulsiones más primarias –lo universal, ya se sabe, amor, muerte y sexo-, que el hombre mantiene con la ciencia, en sus vertientes bio-médica y tecnológica. Y la posición respecto al cambio, ajena al maniqueismo moral, no juzga los hechos, tan sólo los disecciona con bisturí aséptico, dejándole el resto al espectador. Atención en este sentido al doble final.
Esta metamorfosis, que anteriormente era manifestada de una manera más social, más general, con tramas disgregadas en corales de personajes, se centralizará desde Videodrome en la bajada a los infiernos del protagonista, con lo que este hecho conlleva de beneficio para la economía narrativa y, sobre todo, para la configuración en sus obras de una atmósfera más opresiva, de pesadilla personal en la que, poco a poco, se desdibujan los límites del individuo, que cae dando tumbos entre lo que fue y lo que empieza a ser. Y la simbología estética de la que se vale para representarla es siempre el retorcimiento y perversión de la carne, que moldea en forma de herida vagino-abdominal y pistola orgánica, en este caso, el insuperable Rick Baker, que cuaja unos de los mejores Fx de la historia.

El mérito fundamental de Videodrome, que se extiende al resto de su filmografía, reside en la utilización de muchos de los principios recurrentes del género fantástico -casquería e higadillos son mis preferidos- para construir un discurso absolutamente personal e insistente que transciende los límites convencionales.

¡¡¡Larga vida a La nueva carne!!!




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