La novela se puede tomar como un libro especulativo, profético, adelantado a su tiempo. Se puede disfrutar de ella (o no) en plan “¿Lo veis? ¡Os lo dije!”. La verdad es que da la impresión de que es lo que pretendía
John Brunner —activista convencido—, que su libro fuera una referencia obligada para los ecologistas más radicales. Y al parecer lo consiguió, se dedicó de lleno a la causa y la propia causa le recompensó elevando
El rebaño ciego —y otras obras suyas, incluyendo canciones y poesías— hasta cotas cercanas al misticismo religioso. O al menos eso parece, a tenor de la cantidad de símbolos y lemas suyos que se han mostrado y recitado en multitud de manifestaciones y otros tipos de acciones de protesta antisistema. De hecho, si se quiere, esta obra puede considerarse apología del ecologismo radical, un alegato contra la globalización, la sociedad de consumo, la opulencia y el neoliberalismo; y todo ello antes de que estos conceptos, o mejor dicho, ponerlos en tela de juicio, estuviera de moda. Desde luego, cualquier ecologista militante que lea
El rebaño ciego pensará que tiene ante sí la más acertada de las obras literarias especulativas del siglo XX. Luego volveremos sobre este tema.
Pero también se puede leer
El rebaño ciego pensando que es ciencia ficción
soft, social, una distopía, y gozar de la gran historia que narra, que además está muy bien escrita.
Una vez hechas estas aclaraciones, diré que he disfrutado mucho leyendo
El rebaño ciego. Es un libro muy original en su estructura: capítulos cortos intercalados con anuncios de publicidad, comunicados oficiales, notas y titulares de prensa, entrevistas de televisión, cortes de programas radiofónicos y otros textos breves que sitúan de forma magistral al lector dentro del ambiente que se pretende crear. Se trata de una narración muy dinámica, por tanto; no es de ningún modo una recopilación de ideas agrupadas en un ladrillo, sino que la acción es vertiginosa, sin pausa, y nos transporta de un lado a otro mientras vamos adquiriendo la sensación de impotencia y caos —y podredumbre, y putrefacción— que transmite.
No lo metería dentro de la categoría de distopía. Realmente,
El rebaño ciego, escrito —o terminado— en 1972, se desarrolla en un futuro casi inmediato. Diría que la historia, que cubre un año, de diciembre a diciembre, tiene lugar en algún momento de la década de los 80. Y no me ha dado impresión de distopía porque lo que describe es la forma de organización social y política propia de la época. Más que mostrar una sociedad futura decadente, opresiva, reaccionaria o represiva, relata cómo se va destruyendo la actual (de 1972) unos diez años después. Tampoco es una novela postapocalíptica, sino apocalíptica o preapocalíptica. Nos cuenta los preámbulos de una forma de Apocalipsis muy familiar, ahora que están tan de moda el cambio climático, los alimentos bio y los transgénicos, la contaminación de los acuíferos… pero he dicho que volvería más adelante con todo esto.
En
El rebaño ciego hay muchos protagonistas. Sólo unos pocos de ellos son “los buenos”, los moralmente aceptables según el que se adivina que es el juicio de
Brunner; y da la casualidad de que éstos son los que luchan contra el sistema, al que ya he dicho que pone a caer de un burro. Entre el elenco de personajes tenemos corredores de seguros reciclados en empresarios, policías, empresarios millonarios, activistas, un presidente de EEUU, una presentadora de televisión, un militar observador de la ONU, unos muchachos jóvenes que van y vienen, unos miembros de una secta, y entre todos van tejiendo la historia… o, mejor dicho, la historia transcurre y ellos se limitan a estar ahí, a verlas venir y apechugar con lo que hay. Hemos llegado a ese punto sin retorno a partir del cual no hay marcha atrás, todo se derrumba y ya no es posible arreglarlo, sino sólo aguantar el tirón y sobrevivir.
Al comienzo no es tan exagerado, claro. La vida es más o menos normal, salvo por las máscaras anti gas que hay que usar para salir a la calle y tal vez por el cambio climático —idea que como se ve es muy antigua, aunque no queda muy clara en el libro—. Es durante el transcurso del año cuando va empeorando todo. Nadie sabe cómo pararlo. El mundo está patas arriba. No se puede uno fiar ni de lo que come, ni de lo que bebe, ni de lo que respira, ni de la información que recibe de parte de las autoridades… Está presente la inestabilidad de algunos países latinoamericanos y africanos, y el papel que juegan los EE.UU. en ello. Y se percibe con claridad el espíritu reinante en ese país cuando ya se veía muy negro lo de Vietnam.
Brunner, que era británico pero lo mismo da, saca partido de ese espíritu pesimista.
¿Qué? ¿Qué por qué no resumo el argumento? Ya lo he hecho. En realidad hay varios argumentos que transcurren en paralelo dentro del principal: el curso de un año, el año en el que parece que todo se va a tomar por culo en el planeta Tierra.
Y es ahora cuando vuelvo con lo que dije al principio. Vamos a ahondar un poco en el mensaje de
El rebaño ciego y en cómo se puede tomar. Hay quien considera esta novela como una acertada predicción de futuro de tintes antiglobalización. Si se mira bien, aunque falle en muchas cosas —sin ir más lejos en la época en que se iba a desarrollar el pre-apocalipsis, pero
Brunner también tiene cuidado de no dar demasiados detalles sino más bien crear una ambientación general—, esta novela toca algunos conceptos que nos resultan vagamente familiares. Algunos porque han ocurrido u ocurren actualmente, y otros porque, aunque no hayan ocurrido, hoy en día representan el campo de batalla de las organizaciones antiglobalización de mayor renombre. Comento algunos hechos citados como ejemplo en el extenso epílogo de
James John Bell, incorporado en las últimas ediciones:
Para empezar, este es el comunicado oficial del presidente de los EE.UU., conocido como “Prexy”: «Es mi triste deber informaros de que nuestro país se encuentra en estado de guerra […] una guerra que no ha de librarse con bombas, tanques y misiles; con valerosos soldados en el campo de batalla […] sino una guerra que debéis librar vosotros, el pueblo de los Estados Unidos.»
En segundo lugar, uno de los desencadenantes de la situación pre-apocalíptica en la novela es un alimento de origen biotecnológico que se supone que va a resolver, o al menos paliar, el hambre en el tercer mundo. No hace falta recordar el asunto de los transgénicos.
Brunner no sabía nada de transgénicos en el año 72, pero cualquier militante ecologista asegurará que el peligro de estos alimentos está resumido a la perfección en la idea del escritor británico. Es más, el prologuista
Bell arremete de paso contra otros aspectos de la biotecnología, aprovecha para darle una colleja a la nanotecnología y, por qué no, ya puestos, al desarrollo armamentístico y nuclear:
“La regulación de la biotecnología sigue el mismo camino que la de la explotación minera, donde la Ley de Minería de 1872 (allá por los días de pico y pala) aún regula una industria que ha avanzado hasta el punto de emplear métodos de extracción masiva de lixiviación con cianuro para nivelar montañas enteras. La velocidad con que nuestra sociedad (sin tener en cuenta nuestra seguridad, ni las consecuencias políticas, culturales y económicas) está aceptando la biotecnología (amén del inminente deus ex machina de la nanotecnología) es un reflejo del desarrollo armamentístico y nuclear.
Olé. Y es que
El rebaño ciego en manos de alguien como
Bell (o de
Al Gore, si le interesa lo suficiente) lo mismo sirve para un roto que para un descosido.
Brunner lo dejó hecho así adrede, a punto para que cumpliera ese cometido pero en forma de novela de ciencia ficción creíble. Y no se cortó un pelo a la hora de comunicar
a posteriori las que habían sido sus intenciones:
Por lo que respecta a sentar unas bases para aquellos escritores de ciencia-ficción que quieran que sus sociedades del futuro próximo parezcan creíbles, las normas básicas que por experiencia considero más fiables son las siguientes: ten por seguro que el gobierno infravalorará cualquier posible riesgo a largo plazo […] como los concernientes al medio ambiente […] a fin de mantenerse en el poder; que la ciudadanía hará lo propio porque pensar es demasiado trabajo; y cuando el puñado de Casandras resulten tener razón, se les echará la culpa y lapidará o fusilará.
En conclusión, un libro muy entretenido y ágil, pero a la vez profundo e intenso. No dejará impasible a nadie. Cada lector extraerá varias lecturas de él. Muy recomendable.
Federico G. Witt, 2008