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E.T. el extraterrestre (E.T. the extra-terrestrial, 1982) Imprimir E-Mail
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Reseñas - Películas
Escrito por Reverenda Madre   
jueves, 30 de agosto de 2007

Este artículo está reproducido íntegramente del original que se puede leer aquí, y que fue publicado por Boris en Junio de 2007 en el Weblog El Hombre de Arena.


Antes de bajar el plano y mostrar un entrañable grupo de etitos de excursión por algún lugar de los Estados Unidos, la primera imagen de la película es un enorme y estrellado cielo nocturno. Probablemente muy parecido a aquél en el que Spielberg, allá por sus años de juventud -imagino que en una calurosa noche de verano, cuando suelen suceder estas cosas-, tuvo la suerte de observar un pedazo de platillo volante. A pesar de que no tengo ni la menor idea de si la anécdota es un simple desvarío de mi nula capacidad memorística -aunque yo juraría que la leí por algún sitio, no he sido capaz de localizarla-, me pareció un buen prólogo para la reseña y un inicio redondo -como un Ovni, claro- de la fascinación del director por la ciencia-ficción, simiente de una de las carreras cinematográficas más determinantes de los últimos tiempos, no sólo en lo concerniente al género, sino al cine con mayúsculas. Pese a quien le pese.


Logo de El hombre de arena
      Cartel de E.T. el extraterrestre
 
Pero empecemos por el principio. El jovenzuelo director judío, después de entrenarse con diversos productos para la división televisiva de La Universal, consiguió colar uno de ellos -la magnífica El diablo sobre ruedas- dentro de las salas de varios cines, con una limitadita distribución que fue suficiente para llamar la atención de la crítica y del público que tuvo la suerte de verla. Desde entonces, lo que ya se sabe, abiertas las puertas de la producción cinematográfica de par en par y a engrosar la cuenta bancaria a medida que paría taquillazos: Tiburón, Encuentros en la tercera fase, Indiana Jones, fueron el brillante y enriquecedor preámbulo de las andanzas del niño-alien de los ojazos azules, que le trajo debajo del brazo la corona definitiva de rey Midas de Hollywood -a pesar de su etapa más reciente y decepcionante-.
A parte de estar en lo más alto en cuanto a los beneficios económicos, E.T., el extraterrestre es, en mi opinión, uno de los mejores films de cine comercial de su época, de esa clase de divertimento ochentero puro y duro -uno de los vértices inspiradores de esta bitácora- que no se ha vuelto a repetir desde entonces. Diversión palomitera cuyas virtudes, en su vertiente más familiar, eran las siguientes: chisposo humor blanco, ritmo perfecto –en esto Spielberg era el mejor, sin duda-, acción precisa y trepidante, argumentos sencillos y claros, y todo ello, en muchísimas ocasiones, espoleado con las estridentes fanfarrias del Williams. Compárese, por analogía, con las relativamente salvables entregas de Piratas del Caribe. No hay color.

La historia vuelve a girar en torno al núcleo familiar americano, pero en descomposición –recordad El diablo sobre ruedas, Encuentros o Tiburón-, que vive en su casita de barrio residencial con una valla ya no tan blanca. Y los malutos de turno también vuelven a estar representados por la autoridad y el origen de las desgracias por su egoísmo miope. Quizás me pille los dedos al decir esto pero, como sucede en muchas otras producciones coetáneas a cargo de sus correligionarios, cuyo mejor ejemplo es el otro barbas multimillonario, Lucas, tiene bastante de reflejo social y, sobre todo, político, de las fobias –absolutamente justificadas- de la sociedad americana en la inefable –por llamarla de alguna manera- era Reagan. Por cierto, no viene mucho a cuento, pero, ahora que he mencionado al amiguísimo, no puedo dejar de señalar las referencias a la Sagrada trilogía y a Tiburón. La escena en la que Eliot le enseña a E.T. parte de sus juguetes –muñecajos de Obi Wan and company y un tiburón- y la de la noche de Halloween, en la que el pequeño visitante, cubierto con una sábana, corre detrás de un niño disfrazado de Yoda mientras grita mi casa, mi casa, se establecen como una especie de gracioso metadiscurso publicitario que viene a decir algo asi como: eh, soy colega del Lucas y entre los dos cortamos el bacalao en esto de la ciencia ficción en Hollywood.

Sus puntos fuertes, por los que la odias o la amas, son el habitual sentimentalismo spielberguiano y la mezcla, a partes iguales, de comedia y drama. ¿Superficial? Probablemente. ¿Simple? Seguro. Pero, a la hora de narrar emociones, la calidad no tiene por qué residir en la complicación filosofoide del cine de autor polaco o pakistaní.
La plana sencillez de planteamientos se asienta firmemente, en cuanto a forma, sobre la gran puesta en escena y su colección de imágenes legendarias que forman ya parte de la iconografía popular –quién no las conoce-, entre las que destaca, por ser un resumen perfecto de lo que se pretende contar, la bicicleta recortada en la luna llena. También sobre las prodigiosas actuaciones del elenco de críos, cuyo miembro preferido para el que escribe es la pequeña Drew, que derrocha candidez y sandunga curiosamente pocos años antes –muy pocos años antes- de convertirse en precoz politoxicómana. Cosas de los mitos y de la tantas veces irónica comparación del anverso ficticio y el reverso –tenebroso- real.
Y se justifica por su carácter de fábula que, como tal, parte de una enseñanza moral –la telepatía, el dos en uno emocional, es el castigo por el que el niño egoísta aprende a conocer el punto de vista de los demás-, cuyos personajes son necesariamente absolutos y definidos. La esencia de la cinta, y su mejor baluarte, es la de constituirse como un cuento infantil que reflexiona sobre sí mismo, es decir, sobre la capacidad de la inocencia de creer en lo maravilloso. Una historia con final feliz, obviamente, sobre el paraíso perdido, sobre la bondad en estado puro de la niñez y su enfrentamiento con el prosaísmo del mundo adulto al que se consigue vencer, al menos por una vez.

Para acabar, una rajada personal, muy ñoña, en mi estilo. Creo que ésta fue la segunda película que fui a ver a un cine. Mi mamá dice que yo, siendo como era nervioso como un demonio, me quedé quieto durante hora y media por primera vez en mi vida, y que lloré como una Magdalena. Ayer me volvió a pasar lo mismo, aún sabiendo que no, que Etito no se muere. Qué más puedo decir. Un cinco.



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