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Manía, por Carlos Daminsky Imprimir E-Mail
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Relatos - Relatos
Escrito por Hari Seldon   
miércoles, 12 de marzo de 2008

Un relato corto titulado Manía, que el propio autor define como de terror "de muñecos" con un toque "maníaco".

Carlos Daminsky tiene 34 años y nació y reside en Alcoi (Alicante). Sus autores preferidos son, entre otros: Philip K. Dick, William S. Burroughs, Poe, Lovecraft, Clive Barker, Ramsey Campbell, Joyce...

A la hora de escribir reconoce, entre otras muchas, las influencias de escritores que leyó en su niñez, como King, Kootz, James Herbert, Barker... También está influenciado por las películas de la Hammer y las de terror españolas, el surrealismo y Dalí. Es aficionado a la poesía.

Carlos Daminsky ha publicado un relato en NGC3660.
 
 


MANÍA


María les hablaba, les preguntaba; pero aquellas malditas figuras de plástico permanecían mudas. Y así había sido durante toda la noche.
Más tarde... ella alzó la cabeza que tenía apoyada en la mesa, ¿había estado dormida? Enfrente tenía un vaso de café caliente. Se frotó la cara y al mirar con más detenimiento a las figuras le pareció que habían adoptado una mueca de risa. Se rascó el pelo. Tomó el café y bebió. Estaba bueno, pero ella no lo había hecho. Se asustó.

Encendió la televisión y se sentó a verla. Los destellos de la pantalla emitían fulgores violáceos en su rostro abstraído. A los lados, sentadas en las sillas, marionetas de ojos fríos que a cada destello parpadeante del televisor se convertían por momentos en inquietantes sombras.
Más tarde... contó las marionetas... 1... 2... 3... 4... 5... 5. Faltaba una... Las volvió a contar... y seguía faltando una. De repente oyó abrirse la puerta de la entrada. Se giró mirando en aquella dirección. La puerta golpeó. Corrió hacia allí atravesando el pasillo. Por la puerta que golpeaba, entornada, entraba un destello mortecino. Abrió y salió al exterior. La luz lechosa de la Luna alumbraba la noche. Una brisa ligera mecía los cipreses que había en los límites, junto a la valla. Una figura le aguardaba de pie, muy cerca, convertida en líneas de penumbra lunar. Con precaución fue hasta ella... Al acercarse se dio cuenta. Era la inquietante ilusión que creaba la forma de un poste.

Hoy tenía visita. Se habían presentado sin avisar. Ambos descansaban sentados en el sofá rojo. Ella tomó asiento en medio de los dos. Se hizo el silencio. Ella aguardó. Hizo con la boca una carraspera. Después cogió una revista fingiendo leerla y los vigiló por el rabillo del ojo. El tiempo se hizo silencio... después de un largo rato se levantó y los dejó allí solos. Estáticos.
 
Juan Antonio dobló con su furgoneta la esquina de la calle. Atrás, algo golpeó contra los costados. «Vaya, a lo mejor no los he sujetado bien», pensó. Después silbó, alegre, una cancioncilla. Las últimas casas de la ciudad se difuminaron y las rayas discontinuas de la recta carretera se sucedían hacia el final del horizonte donde el asfalto parecía quebrarse.
El indicador de gasolina marcaba ya la reserva. Así que paró en aquella estación polvorienta y silenciosa. Bajó y miró a su alrededor. No parecía que hubiera ningún dependiente. Los cristales de la tienda estaban borrosos debido a la suciedad. Un extraño ambiente estancado contagiaba el lugar.
Una voz ronca que vino de su espalda le asustó y dio un respingo. Un hombre viejo y canoso le preguntó cuánta gasolina quería.

Tardó cuarenta minutos en llegar, conduciendo entre frondosas montañas de pinos. Hizo sonar el claxon y bajó por el camino de tierra hasta la puerta de la casa. Bajó y abrió la puerta trasera de la furgoneta. Después las descargó, una en cada hombro. Ella salió de la casa, con rostro ojeroso, y le ayudó a transportarlas al interior.
La cama crujía mientras hacían el sexo. Más allá de la puerta entreabierta del cuarto vigilaban las figuras, impávidas.

Paco, el viejo gasolinero, vio a alguien. Frunció el ceño y limpió el roñoso cristal para asegurarse... Allí estaba, apoyado de lado junto a un surtidor. «Debe de ser un maldito de esos hippies que van por ahí haciendo autostop». Salió y, al ir a hacia la persona, se dio cuenta de que era un maniquí. «¡Cáspita!».

Los murciélagos empezaban ya a revolotear. El viejo canoso se divertía. Le colocó su gorra amarilla al maniquí y se puso a bailar entre los surtidores, dando vueltas y riéndose. La noche se cerraba. Así que el viejo se llevó la figura de plástico al interior de la tienda. La sentó y le puso un refresco enfrente.
 
María, Juan Antonio y el viejo Paco estaban sentados cabizbajos. De cuando en cuando, un traqueteo les hacía moverse. Las horas pasaron... María y Juan Antonio cuchichearon algo en voz baja. Luego miraron al viejo con ferocidad.
Después de comerse al viejo durmieron.
 
Los pies de Juan Antonio chasqueaban en el suelo quemado del monte. Todavía se podían ver restos de hogueras humeantes. En el paisaje desolado reinaba una calma muerta. Él se sintió muy bien. Satisfecho. Con un poco de pena se arrodilló y tocó unas figuras carbonizadas en el suelo. Después cagó.
Regresó a la furgoneta y se montó en ella. En el asiento de al lado un maniquí estaba con el brazo apoyado en la ventanilla abierta. Por momentos le pareció que parpadeó... pero sus ojos amarillentos de cristal permanecían inmóviles...
Un hombre salió a la carretera atravesando el paisaje arrasado. Sus ropas estaban chamuscadas. Fue hasta la furgoneta y miró por el cristal. En el interior parecía no haber nadie. Accionó el puño de la puerta y ésta se abrió. «Estupendo», pensó Antonio Juan... Posteriormente apareció una mujer harapienta y con la cara tiznada. Caminando desgarbadamente fue hasta la furgoneta y subió. María miró a Antonio Juan. Después se marcharon.
El paisaje quemado extendía su luto por todas las montañas. El Sol se ahogaba tras una niebla de humo. Un Sol sanguíneo. En la mente de Antonio Juan había dos pensamientos tan sólo. Huesos y plástico. Miró de soslayo al asiento de copiloto. Una forma con aspecto cánido, permanecía reclinada en el asiento óseo... luego miró el volante del vehículo, hecho de huesos, y el rosado salpicadero cartilaginoso.
 
Llegaron a la estación de gasolina. Antonio Juan tuvo que conducir con cuidado, sorteando todos los maniquíes que se encontraban de pie, dispersos entre los surtidores. Detuvo el vehículo y miró a María. Le guiñó un ojo.
Ambos bajaron. María se desperezó. El viejo no parecía estar, o a lo mejor sí. Empezaron a mirar a las figuras plásticas una por una. Al viejo le gustaba jugar a que se hacía pasar por uno de los maniquíes.
María se alejó mientras observaba las frías figuras. Tocó una con la punta del dedo y ésta se balanceó. Ella sonrió. Volvió a tocarla. La figura le agarró con fuerza del cuello.
Antonio Juan oyó los gritos. Miró por encima de los cuerpos de plástico que formaban una barrera a su alrededor y pudo ver a María más allá, agitándose y derribando maniquíes. Corrió.
Cuando llegó, separó al viejo Paco y a María. Éste reía. «¡Te he pillado, te he pillado!», gritaba.

El viejo no sabía qué hacía hablando con aquellos dos. Aburrido, después de un rato los dejó chasqueando sonidos.
Abrió un cajón y extrajo un objeto. Lo limpió un poco con el codo y después lo dejó sobre la mesa. Era una tabla de Ouija. Colocó un vaso boca abajo sobre la tabla, puso los dedos sobre él y se concentró. El vaso vibró. El viejo apretó la mandíbula y después tembló. Sus dedos se movieron con el vaso señalando cifras. 1... 2... 3... 4... 5... 5. El vaso se movió más y más rápido repitiendo las cifras. 1... 2... 3... 4... 5... 5. El viejo perdió el control y el vaso salió despedido, estrellándose contra la pared... De la Ouija salieron unos zarcillos carnosos que se le enrollaron alrededor de las muñecas.

El viejo Paco se ajustó su gorra amarilla y se miró sorprendido. Había rejuvenecido. ¡Ya no tenía arrugas! Su cuerpo había recuperado toda la vitalidad. Su piel, suave, y sus huesos, fuertes.
La siniestra sombra del enorme cubo se abatía sobre él. Miró hacia arriba. La pared de color resinoso brillaba llena de salientes cuadrados. Dio un suspiro y avanzó. En la entrada estaba la portera, una vieja arrugada y reseca de huesos salientes con larga cabellera blanca. Sus ojos de hielo azul enseguida se clavaron en Paco, amenazantes, dando aviso de que no le dejaría pasar. Pero él sonrió, tenía preparada una estratagema. Le dijo algo a la rancia mujer, señalando hacia atrás. El joven Paco se apartó para que la portera pudiera mirar. Al fondo se dibujaba una figura estática con los brazos en alto. La portera sonrió con locura y se fue en busca del muñeco. Paco, con vía libre, entró en el recinto.
El interior era hueco y miles de jaulas cúbicas se desperdigaban en diferentes alturas, unidas por escaleras marfileñas combadas. Y de repente estalló el ruido de gritos. Los barrotes de las jaulas se agitaron y miles de rostros distorsionados se movieron.
Sin prestar atención al resto de los inquilinos, que excitados gemían galimatías aporreando los barrotes, subió y bajó varias escaleras hasta llegar a la jaula 5. Se agachó y miró al interior del calabozo. Una persona se volvió. Juan Antonio sonrió.

Los tres se sentaron con sus respectivos maniquíes y, como titiriteros, los manejaron moviendo las cabezas y los brazos. Un simulacro de diálogo de plástico se inició en el polvoriento silencio. En un momento determinado, María y su respectiva figura se levantaron, hicieron una reverencia y después danzaron. Paco y Antonio Juan dieron palmas con sus muñecos y a continuación se unieron a la danza.
El maniquí María se agarró con un brazo al maniquí Antonio Juan y con el otro al maniquí Paco. Y los tres salieron al exterior. Piel y plástico eran indivisibles. Fuera, una figura les esperaba al lado de una furgoneta negra.
Juan Antonio recogió a los tres y los cargó en la parte de atrás. Cerró la puerta de un golpe seco. Se alejó hacia el turbio horizonte.
Una gorra amarilla revoloteó, llevada por el viento susurrante.


Carlos Daminsky, 2008
 
 

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