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El cubículo, por Federico G. Witt Imprimir E-Mail
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Ficciones - Relatos
Escrito por Hari Seldon   
martes, 12 de septiembre de 2006
Índice del Artículo
El cubículo, por Federico G. Witt
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Pienso, luego existo. Sí, es posible que eso sea cierto. Pero, ¿y aquello en lo que pensamos? ¿Existe realmente?

 

EL CUBÍCULO

 

  • Acto 1. Los sueños
  • Acto 2. UMA
  • Acto 3. La vida en el cubículo
  • Acto 4. El Sistema Central
  • Acto 5. La ranura
  • Acto 6. Dos días sin UMA
  • Acto 7. El regreso de UMA
  • Acto 8. El exterior
  • Acto 9: Montgomery
  • Acto 10. Epílogo

 

 

Acto 1. Los sueños


—Todo es perfecto ¿verdad, Montgomery?
En los sueños de Mongomery la voz cibernética de la computadora UMA sonaba muy cercana, muy familiar. Se había acostumbrado a ella. Al principio, cuando empezó a utilizar la tecnología del mesmerador para ambientar sus sueños, le había resultado incómoda; le privaba de la intimidad de la que disfrutaba antaño mientras dormía. En aquellos comienzos a menudo había desconectado el mesmerador antes de acostarse, pero pronto adquirió la capacidad de obviar estas pequeñas incomodidades y ya no se dormía nunca sin comprobar que tenía bien ajustado a sus sienes el periférico correspondiente.
Las ventajas del mesmerador eran muchas. Para empezar, le permitía elegir sus sueños. Eso sin contar con otros efectos positivos que producía la intromisión de la computadora en sus pensamientos, como la agradable ambientación que proporcionaba, la sensación placentera y la suave música que acompañaban a sus momentos oníricos. Con el tiempo, y a medida que la experiencia había ido completando la base de datos de la computadora, ésta se había ido ajustando a sus deseos. Y no sólo lo había hecho en lo referente al contenido temático de sus sueños sino que la voz de la computadora había pasado de actuar como narradora en off de las situaciones a, tal y como él deseaba, limitarse a administrar, a dosificar, simples frases complacientes en momentos determinados. Esas frases le transmitían lo afortunado que era.
En los sueños, las escenas se separaban con transiciones de fundidos a negro, como si de una película se tratara. En estas escenas se veía acompañado de su compañera sentimental, Erica, que, por desgracia, no podía compartir su vida con él. Ella disponía de su propio mesmerador, que podía sintonizar en el mismo canal que el de Montgomery. Durante las noches, gracias a la interconexión de sus respectivas computadoras, y ambientados por los entornos virtuales generados por éstas, ambos viajaban a donde quisieran. Paseaban juntos por los Parques Elíseos, cogidos de la mano; o visitaban el Coliseo; y ella, Erica, se mostraba feliz, girando o saltando mientras posaba riendo para que él la fotografiara.
Y, tal y como deseaban, a medida que se acercaba la hora de despertarse, las computadoras de sus cubículos iban aumentando más y más el componente sensual de los sueños virtuales de ambos amantes.
Sí, todo parece perfecto, Montgomery —se respondió a sí misma la computadora, como si se complaciera de su colaboración durante el sueño al comprobar, como cada mañana, la evidente somatización del estado de excitación sexual de su dueño, recogida por las cámaras del cubículo.
 


Modificado el ( domingo, 05 de octubre de 2008 )
 
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