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Un relato que el propio autor califica como psicodélico. Se trata de un relato breve donde hay borgs, androides... y que en general podríamos encuadrar dentro del sub-subgénero de la lucha del hombre contra la máquina. Carlos Daminsky tiene 34 años y nació y reside en Alcoi (Alicante). Sus autores preferidos son, entre otros: Philip K. Dick, William S. Burroughs, Poe, Lovecraft, Clive Barker, Ramsey Campbell, Joyce...
A la hora de escribir reconoce, entre otras muchas, las influencias de escritores que leyó en su niñez, como King, Kootz, James Herbert, Barker... También está influenciado por las películas de la Hammer y las de terror españolas, el surrealismo y Dalí. Es aficionado a la poesía.
Tras Manía , éste es el segundo relato que el autor publica con nosotros. Carlos Daminsky también ha publicado en NGC3660.
CYBERHUESTE 1
Cabizbajo, Juanito avanzaba encapuchado. El cielo poluto parecía deshacerse en tonalidades rojas. Un descampado lleno de charcos de aceite negro y de lodo se abría hasta un muro lleno de coloridos graffitis. Cruzó aquella zona muerta. Mientras avanzaba en paralelo al muro sorteó varios bidones de hierro oxidado, en los que había encendido un fuego crepitante que despedía olor a plástico quemado. De inmediato, un vehículo-hormiga que estaba camuflado en el suelo se alzó levantando tierra y maleza reseca. Dos potentes focos blancos le iluminaron. —¡ALTO, POLICÍA! —anunció una voz robótica por altavoz.
Juanito arqueó el cuerpo hacia atrás y la primera ráfaga hizo volar trozos polvorientos del muro a escasos centímetros de donde se hallaba. Ellos tiraban a matar... siempre. La segunda ráfaga llegó como abejas furiosas, pero él ya estaba rodando por el suelo y los disparos impactaron lejos de su cuerpo. Rápidamente activó el traje apretando un botón de su cinturón de silicona. El neutralizador funcionó a tiempo, pues un misil-Xtre iba ya en su busca. El dispositivo activó los inhibidores de ondas correctamente y el misil pasó de largo. Del vehículo-hormiga descendieron varias sombras rápidas. Juanito pasó a la otra parte del muro. En el otro lado el terreno era más abrupto y escarpado; estaba salpicado de casas derruidas, vehículos inservibles y montones de cenizas. Saltó entre varios cúmulos y corrió, ágil, conocedor del terreno. Y aun así...
Dejó en el suelo varias minas al mismo tiempo que huía. Mientras escapaba empezaron las explosiones a su espalda. Él sonrió. Pero un fulgor azulado apareció de repente por su flanco y un golpe de calor le llegó abrasador. Su brazo cayó cortado. Juanito se quedó con un muñón cauterizado que despedía humo. El Cyborg negro con el emblema de la calavera de la policía en su pecho le miró fríamente unos instantes con sus ojos de fibra. Después, con su espada de energía se dispuso a dar el golpe de gracia. Pero entonces su cabeza estalló en pedazos y su cuerpo se quedó ligeramente inclinado, inerte. Juanito oyó palabras como salidas de una caverna... Y vio el Sol de verdad, por primera vez en años, destellar nítido. Su brazo en el suelo fue bañado por la luz dorada. Belem desconectó el soldador y enrolló el cable. Después puso cara de satisfacción al ver cómo había quedado. Juanito movió el brazo y la mano. Apretó los dedos varias veces, todo funcionaba correctamente. Había tenido suerte, pues los materiales de sus implantes corporales ya habían quedado obsoletos y eran muy difíciles de arreglar. Encontrar recambios era imposible. En esos momentos creyó oír el lastimoso ulular del aire. Los dos estaban sentados en algún lugar del antiguo almacén de réplicas. Silenciosos. Estáticos. Juanito miró a Belem. Ella era ya prácticamente metal, fibra e implantes. Pero su humanidad aún residía en sus penetrantes ojos azules. Como el antiguo cielo... Ella le había contado que todos los demás ya habían muerto y que la zona había caído en manos de la Policía del Sistema. Los últimos rebeldes habían sido aniquilados sistemáticamente.
Los cyborgs policiales habían sufrido varias modificaciones y las versiones se habían ido mejorando. Su software había evolucionado y ahora eran máquinas de matar aún más poderosas y mortíferas, si cabe. La Fábrica Matricial creaba a diario miles de unidades nuevas. Ella le llevó hasta una sala para mostrarle algo que ocupaba casi toda la estancia. Belem hizo que colocara la mano en la cálida superficie de aquel objeto. Él notó las palpitaciones de lo que parecía un útero. Un enorme útero.
Después, ante unas extrañas consolas llenas de brazos articulados, sus cuerpos fueron modificados. Descansaron 2 En mitad de un páramo quemado y cuarteado, lleno de surcos retorcidos de hormigón, se levantaba la Fábrica Matricial. Sus enormes torres, como las de una catedral gótica, se alzaban caóticas lanzando un humo venenoso al aire. La abyecta mole gris estaba iluminada por incontables focos que ponían de relieve su exterior lleno de aristas y picos, aleros con forma de espina y numerosas ampliaciones asimétricas de las que de cuando en cuando surgían llamaradas de fuego de fragua. La factoría rugía viva y hambrienta. El suelo muerto circundante temblaba, y un sonido regular de golpes y engranajes salía de aquella pesadilla. Una carretera serpenteante de asfalto conducía hasta allí y por ella avanzaban dos jinetes a lomos de sendos caballos alazanes clonados. Las dos monturas de guerra llevaban sus grupas recubiertas de un manto de cuero y portaban un casco de metal dorado sobre las cabezas. Sus largas crines caían hermosas, mientras trotaban garbosamente haciendo resonar los cascos. Ambos jinetes montaban con orgullo, y en sus manos portaban brillantes espadas con empuñaduras ribeteadas. Juanito, además, enarbolaba el estandarte de la Cyberhueste. La factoría abrió su boca avernal y por ella salieron corriendo robots centinelas, formando un enjambre metálico que se iba alineando en formaciones de escuadrón.
Juanito y Belem espolearon sus monturas, y se lanzaron blandiendo sus espadas contra los miles de robots. El ejército de metal hizo un movimiento al unísono, mostrando sus espadas de energía, y cargó contra ellos a toda velocidad. Juanito y Belem eran dos pequeños puntos contra aquella masa.
El choque era inminente. La espada fulgente de Belem se alargó y, con una estocada certera cortó por la mitad los primeros robots, llenando el aire de cables y chapas. El caballo se irguió furioso sobre sus patas traseras, agitando los cascos y relinchando.
Una nueva oleada, esta vez mucho más rápida, les embistió. Juanito, cabalgando al galope, rompió sus filas y arremetió a través del escuadrón dando estocadas a derecha y a izquierda, destruyendo numerosas unidades mientras gritaba enardecido. En el suelo quedaron numerosos pedazos metálicos chasqueando. Ahora los dos se encontraban separados. Belem apenas podía ver a Juanito entre la batalla. Saltó una zanja con su caballo, y entonces varios robots salieron de unos agujeros del suelo y se le echaron encima de golpe. Vio sus ojos rojos artificiales brillar intensamente, mientras con sus hachas pendulares buscaban su cuerpo. Entonces una onda electromagnética emitida por el manto de cuero del caballo los repelió, lanzándolos por el aire... en seguida llegó un nuevo escuadrón. Ella fustigó al caballo y salió al galope... pero le venían por todos los flancos.
Juanito había plantado su estandarte de la Cyberhueste en aquel montón de cuerpos de robots aniquilados. Sus ropas, ensangrentadas, estaban desgarradas por todas partes. Un hilillo de sangre le salía por un costado de la boca, mientras respiraba con dificultad. Los robots zumbaron a su alrededor y cargaron. Paró varias estocadas haciendo fulgir el aire y de una patada derribó una fila entera. De nuevo paró más ataques, y haciendo unas cuantas fintas puso más robots fuera de combate, que se debatieron cortocircuitados en el suelo... Pero llegaron más... Siempre llegaban más. Belem observó a lo lejos la bandera azul con el dragón y la rosa roja. Y entonces su caballo se desmoronó. Ella cayó al polvoriento suelo y rodó. Pudo levantarse a tiempo para destrozar varios robots centinelas con una estocada rápida de arriba abajo. Vio su caballo patalear moribundo y bajó la guardia, apenada. Y las espadas le alcanzaron como escarcha fría.
Juanito, arrodillado, se defendía como podía. Sus sentidos parecían querer desconectarse. Sus implantes se caían... alguien le cogió de la mano. Ella le apretó la mano con la poca fuerza que le quedaba. En su maltrecho cuerpo cibernético había trozos de espadas clavadas. Entonces le besó.
Él notó el regusto a sangre de sus labios. Horas después, los eficientes robots obreros retiraron todos los restos. La bandera de la Cyberhueste se quedó ondeando suavemente...
El ocaso de color ferroso llegó. Después no tardó en caer la madre noche.
Y la bandera ondulaba... y la tela empezó a convertirse... sus pliegues de hilo se transformaron en una sustancia gomosa que se estiró adoptando una forma neonata. Después la forma se dividió en dos y se alargó hasta el suelo, donde se separó. En la yerma tierra las dos figuras fueron conformándose y tomando consistencia, hasta que adoptaron una apariencia antropomorfa.
Los dos seres sintéticos se desplazaron rápidamente bajo la noche tiste, hasta llegar frente a los muros de la descomunal factoría. Cruzaron un fosar lleno de huesos olvidados y ante las paredes calientes de la bestia adormecida de hormigón, ambos se miraron. Sus caras gomosas tomaron representación. Juanito y Belem asintieron. Observaron una parte de apariencia lisa hasta dar con una pequeña fisura. Entonces las manos de ambos adoptaron forma de palanca. Las introdujeron en la grieta. Haciendo fuerza rompieron un trozo de bloque y lo descubrieron. Allí había una pequeña piedra, un guijarro, con forma triangular. Simplemente.
La desencajaron y se marcharon tranquilamente, pasándose la piedrecilla de uno a otro, jugando. Y la Fábrica Matricial tembló. Crujió. Y empezó a caer. Add as favourites (6) | Cite este artículo en su sitio | Views: 310
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