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Jerry Cornelius: Veterano de las Guerras Psíquicas - Alexis Brito Delgado Imprimir E-Mail
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Ficciones - Relatos
Escrito por Hari Seldon   
sábado, 15 de septiembre de 2007

 

Un relato inspirado en Jerry Cornelius, de Michael Moorcoc. Que lo disfrutéis.

 

 

 


VETERANO DE LAS GUERRAS PSÍQUICAS

You see me now, a veteran
Of a thousand psychic wars
I've been living on the edge so long
Where the winds of limbo roar
And I'm young enough to look at
And far too old to see
All the scars are on the inside
I'm not sure that there's anything left of me


Blue Öyster Cult

Relajado, Jerry Cornelius recorrió la calle abarrotada, conduciendo el viejo Duesenberg color negro metalizado, introduciéndose en los suburbios de Londres. El automóvil era un anacronismo, desentonaba ostensiblemente entre los modernos deslizadores urbanos que rodaban hacia la parte alta del barrio, aglomerando la carretera bañada por la lluvia incesante, que caía desde el cielo entenebrecido por la contaminación industrial. Alargando el brazo, agarró un vaso de whisky de la abrazadera colocada a la izquierda del volante, sorbiendo un trago de Bell’s, que caldeó su físico aterido de frío. Desde los altavoces Pioneer, los Beatles cantaban uno de sus temas clásicos, Drive My Car, llenando el interior del JN Rollston con sus voces:

I told that girl that my prospects were good
And she said baby, it's understood
Working for peanuts is all very fine
But I can show you a better time...

Subiendo la ventanilla blindada, Jerry contempló con cierto interés la fauna nocturna de la megalópolis, con una media sonrisa en los labios, disfrutando con la decadencia que lo rodeaba. Fulanas, chulos, proxenetas, invertidos, vagabundos, policías corruptos, delincuentes, neotecnos, colmaban las avenidas interminables coronadas por letreros publicitarios de tres dimensiones. Doblando a la derecha, Trafalgar Square llenó sus retinas, su objetivo estaba cerca, tendría que buscar un lugar seguro donde aparcar. Tomando la calle Villiers, se detuvo delante de un semáforo en rojo, cuatro busconas cruzaron el paso de cebra, vestidas con ropas de llamativos colores, caminando sobre tacones destrozados de doble aguja. Cinco minutos después, Cornelius estacionó en un parking privado, entre dos Isuzu de última generación, comprobando que las puertas estuvieran cerradas. Al salir al exterior, el bullicio nocturno le puso de buen humor, se encontraba en su ambiente, preparado para lo que fuera necesario. Jerry vestía como de costumbre: botas de tacón cubano, pantalón Armani negro, camisa blanca Calvin Klein con gemelos de ébano, corbata Versace oscura, y chaqueta de cuero de automovilista cruzada. A mitad de camino, se detuvo delante de una vídeogalería, liando un cigarrillo con papel de regaliz, observando el reflejo de las consolas Hitachi. Un estremecimiento recorrió su espina dorsal, el presente era dudoso, las corrientes del destino lo arrastraban sin que pudiera evitarlo, la entropía guiaba sus pasos. Sacudiendo la cabeza, Cornelius se aproximó a Charing Cross, con las manos hundidas en los bolsillos altos de la chaqueta, ignorando las gotas heladas que manchaban su cuerpo. En la entrada, tropezó con un conocido, Sebastian Auchinek, que llevaba un arrugado Dolce & Gabbana demasiado juvenil para un individuo de su edad. Auchinek apretó su diestra, efusivamente:
—¡Señor Cornelius! —exclamó complacido— ¿Qué ha sido de su vida?
Jerry fue condescendiente:
—Nada en especial —aplastó el pitillo contra la acera—. Lo mismo de siempre.
—He intentado encontrar su último libro, Cornelius, pero está descatalogado, es imposible de localizar.
Jerry se sintió insultado:
—Ediciones privadas, Sebastian. 
Su tono tajante cortó al anciano: 
—Ya lo veo. ¿Qué hora es? Mi reloj se ha parado.
—No tengo ni idea.
Con una sonrisa cínica, Jerry Cornelius descendió las escaleras del local, multiplicado por los espejos que lo circundaban. Como de costumbre, el Friendly Bum estaba hasta la bandera, distintas tribus urbanas se agolpaban en el diminuto establecimiento, luchando por colocarse antes de que amaneciera, con un impulso nacido de la autodestrucción. Sobre el escenario, encuadrados por pantallas de televisión fragmentadas, un grupo versionaba Nights In White Satin de los Moody Blues:

Nights in white satin,
Never reaching the end,
Letters I’ve written,
Never meaning to send.
Beauty Id always missed
With these eyes before,
Just what the truth is
I can’t say anymore…


Complacido, Jerry se deleitó en la impecable actuación de los músicos, olvidando el desagradable encuentro con Auchinek. Lentamente, se abrió paso entre las masas sudorosas, buscando lugar en la barra, dispuesto a tomar una copa para ponerse a tono. Tuvo suerte, un camarero con los brazos tatuados con ángeles luminosos pasó delante de él. Cornelius no desaprovechó la oportunidad:
—Pernod con mucho hielo —gritó para hacerse escuchar.
Los hábitos eran difíciles de romper, siempre bebía lo mismo en el Friendly Bum, lo auxiliaba a mantener la estabilidad que tanto demandaba en aquellos tiempos inciertos:
—Dos yendólares.
Jerry pagó la consumición, dando la espalda al camarero, con los codos en la barra, estudiando su entorno como un ave rapaz. Bolas de espejos giraban en el techo, propagando trazos cromados, superando el espectro del arco iris con sus colores brillantes. Incómodo, bajó la cremallera de la chaqueta, el calor era espantoso, lo hacía encontrarse agobiado. Cornelius percibió que era un extraño, no encajaba en ninguna parte, aquélla era la historia de su vida, debería estar acostumbrado. El anhelo por Catherine regresó con inesperadas fuerzas, hacía mucho tiempo que no veía a su hermana, dos semanas lejos de ella parecían una eternidad, pero debía ser fuerte, sabía que Frank estaba buscándola, en aquel monasterio se encontraba relativamente segura, si es que aquella palabra entrañaba algún significado práctico. Una mano suave le acarició el mentón, los labios sensuales de Una Persson tomaron su boca, quitándole el aliento:
—¡Eres un cabrón! —dijo Una—. ¿Por qué no me avisaste de que ibas a venir?
—Quería darte una sorpresa, querida— Cornelius estaba excitado—. Estás preciosa.
Una Persson vestía un traje transparente de encaje negro Jean-Paul Gaultier, que realzaba las rotundas curvas de su anatomía, enmarcando sus miembros sensuales. Fascinado, Jerry miró su rostro perfecto con ojos de enamorado, el cabello castaño que le llegaba hasta los hombros realzaba el maquillaje aplicado con buen gusto:
—Gracias, cielo —sonrió—. Tú tampoco tienes mal aspecto.
—Hago lo que puedo —Jerry señaló la barra—. ¿Quieres una copa?
—Claro... ¿Por qué no?
Inesperadamente, Cornelius experimentó un arrebato de aprensión, su mano buscó de manera automática la pistola de agujas, alguien lo miraba con ojos crueles, su sexto sentido nunca lo engañaba. Una le apretó el brazo:
—¿Qué sucede?
Jerry no respondió, su mirada recorrió el local, localizando a su enemigo en cuestión de segundos:
—Beesley...
El obispo Beesley lo observaba desde la cafetería: su cuerpo orondo estaba cubierto por una mitra amarilla, que ocultaba su figura grasienta, zampándose una chocolatina Mars con vicioso deleite:
—¿Puedes esperarme un momento?
Una apretó su bíceps, juguetona, las largas uñas pintadas de rojo chillón se clavaron en su piel:
—¿Volverás?
Cornelius esbozó una mueca irónica:
—Lo pensaré...
Olvidando a Una Persson, Jerry se dirigió hacia su oponente, sin quitarle los ojos de encima, esperando que el gordinflón no hubiera traído refuerzos, apretando la culata de carbono del arma:
—¡Jerry!
El “Tío” Willie Stevens detuvo su avance, su rostro impenetrable oculto detrás de unas gafas de sol negras no demostró ninguna emoción:
—¿Cómo lo llevas, Tío?
—Bien, Jerry. ¿Y tú?
—No puedo quejarme.
Nervioso, Cornelius miró detrás de Stevens, Beesley había desaparecido sin dejar rastro:
—¿Quieres tocar con nosotros?
Jerry hizo un gesto evasivo con la mano:
—Quizá más tarde, Tío.
—Vamos, Jerry, por los viejos tiempos.
La idea lo seducía, llevaba mucho tiempo sin subir a un escenario, tanto que ni recordaba cuándo fue la última vez:
—De acuerdo. ¿Cuándo tocas?
—Dentro de cinco minutos.
—Nos vemos en el escenario, entonces.
—Perfecto, Jerry.
Cornelius regresó al lado de Una:
—Has visto al Tío, ¿verdad?
Jerry le dio un beso en los labios carnosos:
—Me ha pedido que cante una canción.
Una se mostró mordaz:
—¿Aún recuerdas cómo se toca la guitarra?
—Siempre.
The Allcomers subían al escenario, uniformados con trajes oscuros, relevando a la banda anterior, probando los amplificadores Marshall. El “Tío” Willie Stevens ocupó un lateral, manoseando un Saxo Alto Yamaha, buscando a Cornelius entre la muchedumbre:
—¿Me esperarás?
Una le devolvió la broma:
—Lo pensaré...
Jerry abandonó la pista, sorteando los reflectores, subiendo al escenario, saludando al grupo con un airoso movimiento de cabeza, todos eran antiguos conocidos. El Tío comentó a micrófono abierto:
—Demuestra de qué pasta estás hecho, Jerry.
Un guitarrista le pasó una Fender Telecaster James Burton. Cornelius tocó unos acordes simples: do mayor, re menor, mi mayor, fa mayor, y la menor, confirmando la calidad del instrumento, antes de encararse con el micrófono, aullando una de sus canciones favoritas de los Who:

People try to put us d-down (talkin bout my generation)
People try to put us d-down (talkin bout my generation)
Just because we get around (talkin bout my generation)
Just because we get around (talkin bout my generation)
Things they do look awful c-c-cold (talkin bout my generation)
Things they do look awful c-c-cold (talkin bout my generation)
I hope I die before I get old (talkin bout my generation)
I hope I die before I get old (talkin bout my generation)...


El universo giraba en la dirección correcta, todo tenía sentido en aquellos momentos, sus problemas inmediatos desaparecieron detrás de los focos que incidían sobre su figura, volvía a encontrarse completo. El público bailaba, enloquecido, moviendo los pies con diversión, siguiendo el ritmo de la música. Desde su posición, Jerry controlaba el establecimiento, improvisando sobre la marcha una serie de riffs de guitarra, que la gente recibió agradecida, disfrutando con la actuación de la banda. Quince minutos después, Cornelius volvió a la barra entre los vítores de la clientela, Una estaba acompañada por el señor Smiles:
—Buenas noches, señor Cornelius.
Ambos estrecharon sus manos con algo similar al afecto:
—Buenas noches, señor Smiles.
Smiles tenía el mismo aspecto de siempre:
—¡Qué feliz coincidencia, señor Cornelius!
Jerry fue displicente:
—Eso habrá que verlo.
Una pidió otro Pernod, Cornelius lo despachó en segundos, la actuación le había dado sed:
—Tengo una proposición que hacerle, señor Cornelius.
—Sorpréndame.
El señor Smiles bajó la voz:
—Es un golpe sencillo, City United Bank, unos dos millones de libras. ¿Qué le parece?
Jerry aceptó el cigarrillo que Una le tendía:
—La libra es historia, señor Smiles.
Smiles pasó por alto su comentario:
—Lo tengo todo planeado, señor Cornelius, no podemos fallar.
Jerry esbozó una sonrisa cómplice:
—¿Seguro?
—Seguro.
—Tendré que pensarlo.
Smiles terminó su scotch:
—¿Continúa viviendo en Holland Park?
—Sí.
—Estaremos en contacto, señor Cornelius.
—De acuerdo.
Smiles besó la mano de Una:
—Encantado de volver a verla, señorita Persson.
—Lo mismo digo, señor Smiles.
Smiles se perdió entre el gentío:
—Nunca cambiará.
Jerry la secundó:
—Tienes razón. ¿Te apetece venir a casa?
Una le acarició el paquete:
—¿Qué tienes pensado?
Cornelius rió:
—Ya lo verás...

Veterano de las Guerras Psíquicas


EPÍLOGO

Aturdido, Jerry abrió los ojos, estaba muerto de frío. El pequeño camarote llenó su campo visual, Cornelius percibió el balanceo del barco, mientras estiraba los brazos como un gato, desperezando los músculos jaspeados. Luego de acicalarse, abandonó el lugar, recorriendo un pasillo estrecho, que desembocaba en la cubierta del carguero. A su alrededor había poco movimiento, parecía que los demás pasajeros dormían, era el único tripulante en la borda, cosa que le agradaba, necesitaba soledad para poner sus ideas en regla. Ignoraba la hora que podía ser, el cielo encapotado no le proporcionó respuestas, pesadas nubes grises se extendían hasta el infinito, enmarcando el océano helado de color acero. Jerry Cornelius se encontraba descansado, los acontecimientos de las últimas semanas sólo se trataban de un mal recuerdo, imágenes descoloridas que no le apetecía recordar. El plan de organizar una fiesta en su casa lo seducía, Holland Park Avenue volvería a estar llena de vida, haciendo que saliera del ostracismo que lo embargaba desde la muerte de su hermano:
—Un mundo sabroso —sonrió—. ¡Un mundo muy sabroso!




FIN


Alexis Brito Delgado, 2007
 
 
 
 
 
 
 
 

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