Cuando navegaba por la red buscando enlaces e información para el Portal-CiFi no tardé en encontrar anuncios de
promoción de Después de Dios. No conocía ni al autor ni a la editorial,
Alkubia, pero la información que daban sobre el libro en la publicidad, basada en el texto de la contraportada, me llamó mucho la atención: metafísica y nihilismo mezclados con
distopía, y, para endulzar, la evolución del género humano. O lo que es lo mismo: Santo Tomás cogido de la mano de Nietzsche, caminando junto a Orwell y todos ellos hablando de Darwin. Y olé.
Decidí incluirla en una noticia para el portal. Pero como soy muy respetuoso con los derechos de autor y de propiedad de las editoriales, y muy nuevo en este mundo de las páginas web, pedí permiso a
Alkubia para utilizar su material. Al día siguiente recibo un correo muy amable en el que me conceden el permiso y me explican cosas del libro y de la editorial; cuatro días después tengo la novela en mi buzón de correos.
Lo primero que me llamó la atención fue lo cuidada que era la presentación. Muy agradable a la vista, con tonos azulados y grises, una ilustración de portada muy elocuente y… hojas de dos colores en el interior, distinguibles, al mirar el libro cerrado, en una secuencia blanco-gris-blanco. ¿Y esto? Pues cuando se lee se da cuenta uno del porqué: la parte central de la obra, en hojas grises, corresponde a la parte epistolar de la misma.
2) Estructura y forma de la narración: Para mí es de lo mejor de la novela. Muy original. Pérez carreño, con un estilo poco vistoso y sin florituras, narra en primera persona por boca de la protagonista. Lo importante es la historia, no recrearse con figuras preciosistas. Una historia así no debe caer en recursos narrativos que desvíen la atención del lector, sino hacerle pensar al tiempo que le sumerge en ella.
La novela comienza en un futuro a medio plazo, en 2079, y se ve salpicada de idas y venidas al pasado, desde los años 80 hasta su desenlace final a finales del presente siglo. El autor juega entretejiendo estos
flashbacks de dos formas: mediante la lectura de cartas, e introduciendo unas historias dentro de otras. De hecho, me ha gustado mucho precisamente esto último, porque está muy conseguido y porque algunas de esas historias, relatos breves en su concepción, son de lo mejor de todo el libro. Y son numerosas, créanme.
No hay acción. Me refiero a acción del tipo lucha. Ya me lo comentó el editor cuando me escribió. Algo así como “no esperes una novela de tiros, ni de peleas…”. No. Es otro estilo, más parecido al de
1984, libro que en mi opinión ha influido mucho en Pérez Carreño a la hora de situar una parte de la historia, la más distópica. Esto se hace evidente cuando se habla de “Hermanos Mayores” (
sic) y de un control absoluto de la población, con la consiguiente pérdida de derechos y libertades, castigos, etc.
3) Puntos débiles: Creo que tiene dos.
Me temo que, por una parte, la importancia que Pérez Carreño le da a los amores de la preadolescencia no cuadra en alguna de las ocasiones. En otras se le resta importancia y se aprecia un mayor sentido lógico o razonable a los sentimientos de los personajes. Uhmm ¿he dicho lógico o razonable y sentimientos? Bueno, sé lo que me digo, créanme. La trama se queda un poco cogida por los pelos cuando la basa en esos hechos a los que me refiero. Y sin embargo, si no lo hiciera, toda la historia se vendría abajo. Así que queda dentro de lo creíble en ese aspecto, aunque de forma no muy sólida.
Y dos: el profundo aroma lamarckiano que impregna la parte científica…
¿Ein? ¿lamarckiano?
Pues sí. Me explico:
Lamarck fue el que dijo que los caracteres se heredan. Por poner un ejemplo, que las jirafas tienen el cuello muy largo porque lo han ido estirando durante toda su vida para coger las hojas más altas de las acacias, donde el resto de la fauna herbívora no llega, y que sus hijos entonces nacen con cuellos más largos porque han heredado los caracteres adquiridos por sus progenitores. Y a su vez estos hijos intentan llegar más arriba y estiran su cuello… y, así, generación tras generación y estirón tras estirón, milímetro a milímetro o tacita a tacita, las jirafas han llegado hoy en día a mostrar ese aspecto deforme y caricaturesco que tan bien conocemos.
Pero por desgracia no es así como funcionan las cosas. Sí que lo hacen en la sociedad (los
memes de
El gen egoísta, de Dawkins), pero no en el individuo. La evolución de los seres vivos sigue un
patrón darwiniano. Se han hecho múltiples experimentos que destrozan la teoría de Lamarck. Por ejemplo, aunque cortásemos la cola a todos los ratones, generación tras generación, la descendencia seguiría naciendo con cola, por mucho alivio que resultase para ellos nacer sin ella. O, si quieren una demostración más cercana, todas las madres pierden la virginidad y, sin embargo, todas las niñas siguen naciendo con himen.
Es por eso por lo que falla la historia explicativa acerca de un experimento con ratones a los que al vendarles los ojos durante muchas generaciones habían dado, finalmente, una descendencia ciega, y, eventualmente, desprovista de órganos de la visión (página 37, cuando Juan explica a la protagonista que debe haber lo que él denomina un “centro de diseño” en nuestro cerebro, que de algún modo da órdenes al cuerpo para que se transmita a los genes qué se debe mejorar en la descendencia, que es el germen de lo que hablaré en el apartado siguiente).
Juan Pérez Carreño ha desarrollado una obra muy interesante pero a mi entender se ha excedido en sus explicaciones evolutivas. No hacía falta dar esa perspectiva lamarckiana para explicar lo que venía como consecuencia, cuando obviando los detalles o acudiendo a Darwin se podía hacer perfectamente. En las obras de
Space Opera las naves viajan en cuestión de pocos años, o incluso a veces días o minutos, hasta lugares situados a años luz, y los detalles de su funcionamiento suelen tener lagunas en las novelas que nos relatan el cómo y nadie protesta, a no ser que ese
cómo incluya motores muy potentes en lugar de plegamientos del espacio-tiempo. No sé si me explico.
4) Lo mejor: el aspecto científico-filosófico de la historia: Después de Dios descansa sobre dos piedras angulares. Es de lo más original de la obra en cuanto a su contenido, o al menos me lo parece a mí.
Una de ellas es la existencia en nuestro cerebro de una especie de “disco duro” que va almacenando, de forma ordenada, copias de seguridad de todas nuestras experiencias. Es lo que diferencia a un hermano gemelo de otro, para que nos entendamos. Y parece que ahí radica el
ser de los individuos. El alma. Pérez Carreño no ha querido expresarlo así, pero lo da a entender bien claro. Si se escanea ese Registro-Vital (así se denomina) de una persona y se transfieren los datos a una especie de ordenador, la persona sigue “viva” en una caja mientras no se apague, desconecte o quede sin pilas. Y además, esa información se puede transferir a un clon al que se haya mantenido en estado vegetativo desde el nacimiento, paralizando con drogas su desarrollo neuronal, en el momento en que éste se “reactive” y acelere, también mediante drogas. Mediante la transferencia del Registro-Vital se obtiene… ¡tachán! el traspaso del
ser a un cuerpo nuevecito. Además, para constatar más aún que estamos hablando del auténtico
ser (alma), queda bien claro que sólo puede haber uno, no dos o más al mismo tiempo. Si se transfiere ese registro al clon antes de que el original haya muerto, el clon no sale de su estado vegetativo.
Es una novela de Ciencia Ficción. No solo no hay ningún problema con el planteamiento de la inmortalidad sino que éste es original, y, si no se mete uno en muchas explicaciones, no sólo es perfectamente creíble sino que da mucho juego. De hecho, Pérez Carreño no cesa de jugar con el concepto de la muerte. Llega a valorar incluso las consecuencias sobre los derechos fundamentales del individuo: el derecho a elegir el momento de dejar de existir, la necesidad de ello y, en una distopía en la que se castiga negando dichos derechos (y muchos otros), incluso la posibilidad de ejercer los más crueles castigos tras haber resucitado al individuo, en la piel de su joven clon.
Y no sólo eso. Va mucho más allá y relata cómo existen unos ”Centros de Castigo” donde el individuo (o el clon con su registro vital transferido) recibe psíquicamente episodios de Dolor Emocional.
¿Dolor Emocional?
Sí. Dolor Emocional, la segunda piedra angular sobre la que descansa la novela. O la primera, pues esto queda detallado mucho antes que lo del Registro-Vital. Es, según uno de los protagonistas, Juan, lo que nos diferencia del resto de los monos. La especie humana surgió, según él, por un error cerebral en un simio que pudo experimentar Dolor Emocional. Eso, de alguna manera, le confirió ventajas frente al resto. Es lo que nos hace ser hombres y bloquea otras funciones fundamentales. Episodios de Dolor Emocional son los que vivimos muy intensamente, normalmente causados por algo que afecte a seres queridos o que sea consecuencia de sus acciones, que nos “marcan”, por así decirlo. Por ejemplo, una mujer que ve cómo un león ataca a su hijo pequeño, intentará salvarlo, contraviniendo incluso las órdenes que envía el instinto de supervivencia (animal). Esa mujer actuará como consecuencia del Dolor Emocional y padecerá episodios en los que lo revivirá, por alguna causa asociada al subconsciente. Sólo los humanos poseemos esa capacidad, aunque otros animales también posean cierta inteligencia.
Y curiosamente, los datos que transmiten la experiencia de estos episodios de Dolor Emocional no quedan integrados en el disco duro del Registro-Vital, como el resto. Existe algún tipo de relación entre el Registro-Vital y el Dolor-Emocional, y entre ambos y la evolución humana. Este punto no me quedó claro del todo pero es de agradecer, ya que en un principio se volvían a mencionar razonamientos lamarckianos y al final Pérez Carreño lo dejó (creo que con buen criterio), en el aire, para que el lector piense sobre ello.
Pensar sobre ello. Ésta es la nota dominante de la historia relatada en Después de Dios una vez que se ha entrado en ella. ¿Qué papel juega el subconsciente en nuestro ser? ¿Querríamos ser eternos e inmortales? ¿y serlo de forma obligatoria?
El hombre ha buscado tres cosas desde que es hombre: la fuente de la eterna juventud, el elixir de la vida y la piedra filosofal. Todavía hoy las buscamos. Vamos al gimnasio, nos untamos de potingues y nos operamos para conseguir la primera; nos sometemos a operaciones y pagamos religiosamente una Seguridad Social para la segunda; y jugamos a la lotería o intentamos invertir en esos valores de bolsa que nos aseguran que nos darán la tercera… sin conseguirlo. Vale, Juan Pérez Carreño en Después de Dios no ha tocado lo de la riqueza, pero ¿rechazaríamos el elixir de la vida y la fuente de la eterna juventud si nos impusieran el beber de ellos?
Una vida eterna, donde la experiencia fuera infinita, donde la capacidad de cometer errores se viera limitada por la propia experiencia ¿no perdería la frescura que tiene al comienzo, sabiendo que en este valle de lágrimas tenemos los días contados? Yo probaría un par de siglos, y luego, al tercer clon o así que hubiera gastado, juzgaría si merece la pena seguir.
Ah, lo olvidaba. Todo esto es parte de la historia pero no es la historia que se relata en Después de Dios. De lo que más he hablado es de lo que adereza a una novela en la que se resuelve un misterio, que es lo que de verdad se cuenta en ella. Pero debido a la estructura de la narración, cualquier cosa que se desvele o mencione aquí va a fastidiar al lector.
Léanla y juzguen ustedes mismos.
Federico G. Witt, 2006