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Relatos - Relatos
Escrito por Hari Seldon   
jueves, 01 de noviembre de 2007

 

Un relato en el que Alexis Brito hace suyo a Dorian Stark. Es el hombre contra la máquina.

 

 

BERSERKER


And this is my story.
My face, the pictures changed
Do you remember me?
Now I’m fighting to breathe
It’s been such a long time…

Gary Numan

Abro los ojos, asustado, después de sufrir una pesadilla, para encontrar una realidad que me supera. Hace tiempo, pensaba que prefería la vigilia al sueño, pero me equivoqué, despertar resultó peor de lo que imaginaba. El presente, tal como lo conocía, desapareció sin dejar rastro. Ahora, las máquinas tenían el poder...

Dorian Stark


1

Desde el Monte Lukens, la megalópolis era un montón de ruinas calcinadas, incendios aislados brillaban en la oscuridad, irradiando los contornos de los rascacielos destrozados. Stark apretó la culata del arma hasta que le dolieron los dedos. Sus ojos biónicos taladraron la negrura, asimilando su entorno, una punzada de dolor recorrió su corazón.
El Valle de San Fernando se extendía hasta el horizonte: edificios devastados, avenidas cubiertas de escombros, vehículos retorcidos, y esqueletos quemados por la radiación nuclear.
La batalla estaba a punto de empezar. A un kilómetro de distancia, entre los cascotes humeantes, los cyborgs tomaban posiciones de combate. Exhausto, el alemán volvió la cabeza: su escuadrón esperaba la orden de ataque.

No tenemos ninguna posibilidad, pensó. Van a acabar con nosotros.

Una heterogénea mezcla de hombres lo rodeaba: soldados, civiles, mercenarios, y policías, los últimos eslabones de una humanidad que, para bien o para mal, le había tocado liderar. Su rostro impertérrito no demostró sus emociones. Como comandante debía dar ejemplo a los demás, o de lo contrario estarían perdidos, sus tropas serían invadidas por el pánico, huirían en desbandada ante el enemigo. Suspiró. Sus peores aprensiones se habían hecho realidad: el mundo se había derrumbado bajo el peso de la ultra tecnología, exterminado por el auge de las máquinas. Sus esfuerzos resultaron inútiles, los años de servicio en la Orden de los Centinelas una pérdida de tiempo, millones de androides, clones, humanoides y cyborgs, dominaban la Tierra.
Involuntariamente, su mirada se desvió hacia el noroeste: el antiguo zigurat de la Corporación Schneider resaltaba entre las cúpulas empresariales erosionadas. Las máquinas habían elegido la construcción como base de operaciones, una ironía del destino que no cesaba de sorprenderle.
Un agente con la cara salpicada de hollín se cuadró delante de su persona:
—Estamos preparados, señor.
Dorian lo analizó: cabeza rodeada por un vendaje manchado de sangre seca, sucio uniforme militar en jirones, ametralladora llena de barro:
—De acuerdo —respondió con sequedad.
No eran profesionales, sólo contaba con hombres inexpertos, mal adiestrados, los Agentes Ejecutores de su casa estaban muertos, él era el único superviviente:
—Limpie su arma —puntualizó—. O se le encasquillará.
El hombre asintió:
—Lo haré, señor.

¿Por qué soportaba aquella horrible carga moral? A raíz de su primera bioperación, vislumbró que tenía un destino que cumplir, aunque ignoraba cual era. Durante décadas, sirvió a la Schneider, realizando un trabajo que despreciaba, hasta que se rebeló contra sus superiores, aniquilando la Corporación con una bomba termonuclear. En el momento actual, el peso de sus crímenes era insoportable, los rostros deformados de sus víctimas atormentaban sus noches. Llevaba meses sin dormir, el límite entre su porcentaje de máquina y su humanidad se desvaneció, podía considerarse un cyborg de Tercera Generación, tal como se definía a los hombres que alcanzaban la hibridación absoluta. Stark cerró los párpados, borrando el cataclismo del valle, un sollozo amargo se agolpó en su garganta. Sin desearlo, gracias a su sed de venganza, había desencadenado la hecatombe, borrando a Los Ángeles del mapa. Durante unos segundos, deseó morir, acabar con todo de una vez, pero su cuerpo resistía el beso de la muerte, sobreviviría gracias a los implantes biónicos. El presente inmediato lo obligó a suprimir los pensamientos que torturaban su conciencia, en breve, estaría muerto, exterminado por adversarios superiores en número.
Una bengala ascendió en el aire, encendiendo la falda de la montaña, que quedó convertida en un erial fantasmagórico cubierto de niebla. Durante las últimas dos semanas, sus bajas fueron astronómicas, había perdido un cincuenta por ciento de los efectivos de que disponía. Sus tropas no lograban detener la actividad de las fábricas, donde las cadenas de montaje ardían al rojo vivo, produciendo miles de unidades diarias que reemplazaban a las caídas. La luz anaranjada de la bengala se extinguió, las tinieblas ocultaron el campo de batalla recorrido por ratas mutantes, boquetes de bombas, alambradas rotas, cuerpos en descomposición, maquinaria bélica inutilizada y escombros carbonizados.

Una visión maravillosa, pensó con sarcasmo. El Bosco nunca hubiera imaginado que sus obras se convertirían en realidad.

Su destello de humor negro lo obligó a sonreír, el gesto borró las diminutas arrugas de amargura que recorrían su faz, había olvidado cuando fue la última vez que lo había hecho. De manera automática, revisó el plan de ataque mentalmente, calculando las debilidades del mismo. Sus tropas dudaban, el nerviosismo previo a la ofensiva comenzaba a manifestarse entre ellos, no resistirían la presión durante mucho tiempo. Stark relajó las piernas, notando una sensación de miedo a su alrededor, el batallón lo temía, desconfiaban de su persona.

Debe ser duro confiar en un bioconstruido, meditó. Pensarán que puedo traicionarles en cualquier momento.

Deseó decir algo, distender el ambiente lóbrego de la base, animar a sus hombres como lo haría un buen comandante, pero su espíritu estaba sellado, las anfetaminas lo insensibilizaban más aún. Entonces, descubrió que estaba solo, tres metros de distancia lo apartaban del escuadrón, la capa de mercurio que protegía su interior creaba un aura ominosa que los demás procuraban evitar. Aquel detalle lo molestó. Gracias a los trasplantes, superaba a sus agentes en todos los sentidos, los únicos rivales contra los que podía competir eran las máquinas. El precio pagado por su supremacía no paliaba la soledad, ni la incomunicación que hacía de su existencia un infierno, su humanidad fue la moneda de cambio para continuar despierto.

Berserker


2

El alemán entrecerró los ojos grises, divisando a la primera unidad enemiga, que se aproximaba aplastando las ruinas fuliginosas.

Malditos bastardos, pensó. Envían a sus mejores exterminadores.

Un nuevo modelo de máquinas había surgido tras el Apocalipsis: los Berserkers. Los datos de los cyborgs regresaron a su memoria: antropoide, endoesqueleto metálico, mil gigabytes de memoria, directrices automáticas, armamento de plasma incorporado en los antebrazos, cuchillas de acero distribuidas por todo el armazón exterior, blindaje de 20mm resistente a las descargas comunes, dos metros de alto por uno de ancho. Era la primera vez que se enfrentaba a aquellos seres, la novedad le hizo sentir una extraña sensación de euforia, los retos imposibles estimulaban su espíritu de combatiente. Stark sacó un tubo oblongo de un bolsillo interior de la gabardina de cuero, consumiendo un puñado de estimulantes sin agua, que encendieron sus fibras como una corriente eléctrica. Ahora estaba preparado. Con los dientes chirriando, ordenó a los artilleros, gritando a pleno pulmón:
—¡Disparad!
Misiles surcaron los cielos e impactaron sobre sus oponentes. Las detonaciones partieron la tierra removida, causando una oleada de destrucción, fragmentos de acero saltaron por los aires. La avanzadilla había sido eliminada. Las máquinas contraatacaron. La ladera de la montaña se abrió, los morteros levantaron una lluvia de piedras, estallando con atronadores estampidos. Un soldado bramó, angustiado, con ambas piernas cercenadas por un trozo de metralla. Una unidad médica lo atendió, pero fue inútil, murió desangrado antes de que pudieran hacer nada por evitarlo. El Agente Ejecutor señaló a su izquierda:
—¡Fuego cerrado!
Bombas de trinitrotolueno machacaron a la segunda unidad Berserker, fundiéndolos, martilleando los rascacielos derruidos. Un letrero de Pepsi flotó en el aire durante unos instantes, antes de desaparecer entre las llamaradas de fósforo, que se extendieron en un área de trescientos metros. El silbido de los obuses llenó el aire cargado de ozono. Sus agentes se arrojaron al suelo, aterrorizados, buscando refugio. El Monte Lukens se convirtió en un infierno, una docena de hombres pereció bajo la barrera de fuego, el olor de la carne quemada llenó la falda hundida por las bombas. Dorian pasó por alto los rugidos de los heridos, estaba habituado a contemplar la muerte, los sanitarios se ocuparían de ellos.

Balas trazadoras brillan en la negrura. Las orugas de las tanquetas chirrían. Motores poderosos zumban al máximo de revoluciones. La oscuridad impenetrable va volviéndose día. El horizonte está ardiendo.

Sin poder evitarlo, experimentó una malsana admiración al contemplar el avance implacable de los cyborgs. Hileras interminables ascendieron la colina, caminando con movimientos precisos, secundados por vehículos de asalto.

Nunca podremos terminar con ellos, reflexionó. Están demasiado bien organizados.

Las ametralladoras pesadas repiquetearon a su alrededor. Los Berserkers fueron diezmados por los proyectiles de nitrógeno líquido. Carcasas chisporroteantes quedaron inservibles en el valle. Dorian alzó el puño cerrado sobre su cabeza:
—¡Adelante! —vociferó—. ¡Formación ofensiva!

En tromba, con el Agente Ejecutor en cabeza, los hombres se lanzaron al ataque, descendiendo con las armas por delante. Los cyborgs pasaron encima de los caídos, sustituyendo a las unidades destruidas, entre la bruma producida por las detonaciones. Descargas de plasma aniquilaron a los soldados adelantados, convirtiéndolos en antorchas vivientes. Stark corrió con la ametralladora a la altura del vientre, disparando contra un Berserker, que saltó hacía atrás hecho pedazos. Una tanqueta se interpuso ante su camino, la sombra del enorme cañón ocultó su cuerpo, dispuesto a aplastarlo con sus orugas gemelas. Instantáneamente, sacó una mina magnética, arrojándola contra la torreta del vehículo, donde quedó pegada. De un salto, se hundió en un cráter, agachando la cabeza, con la boca abierta. La deflagración voló la tanqueta la cual aterrizó convertida en un montón de escoria. Un cyborg exterminó a tres de sus hombres, las balas de punta endurecida atravesaron sus cuerpos, esparciendo sus entrañas en todas las direcciones. Furioso, salió de su escondite, y agotó el tambor del arma, sin lograr derribar a su adversario. El Berserker lo localizó, su andanada le rozó la cara, produciéndole un dolor insufrible, quemando su piel sintética. Con un chasquido, de sus puños emergieron dos cuchillas de veinticinco centímetros de longitud, que partieron a la máquina por la mitad. Los cohetes de las baterías aterrizaron sobre los cyborgs. El campo de batalla pasó del rojo al violeta. Los cañones enemigos respondieron furiosamente. Los morteros lo ensordecieron. Dorian enfundó las garras, sacó la W-PPK del arnés de nylon, y ejecutó a quemarropa a la máquina situada a su diestra. Las granadas estallaron, levantando rocas, chatarra, y cadáveres destrozados. Maldiciendo, empuñó la otra pistola, fragmentando el cráneo de un Berserker, que se rajó mostrándole los circuitos de su interior. Un soldado señaló el cielo:
—¡Cazadores!
El grito histérico levantó la alarma entre sus tropas, naves monoplazas descendían desde las alturas, bombardeando el campo de batalla con sus cañones automáticos de cabezas rotativas. El alemán se internó entre dos edificios derruidos. Una explosión lo arrojó hacia delante, su anatomía traspasó una pared, trozos de ladrillo le golpearon la espalda. Dolorido, se incorporó apartando las vigas de madera, tenía el rostro cubierto de sangre. Una astilla le atravesaba la pierna, la punta le asomaba por detrás, impidiéndole moverse con naturalidad. Apretando los dientes, la arrancó de un tirón, arrojándola a un lado. Dorian recargó las armas, haciendo caso omiso al dolor que recorría su injerto, había recibido heridas peores. Cojeando, se ocultó detrás de un camión volcado, preparado para continuar luchando. El zumbido de los Cazadores taladró sus tímpanos, tenían que derribar a aquellas naves, o serían hombres muertos. Un agente se derrumbó a su lado:
—¡Son demasiados, señor!
Stark le arrancó el lanzacohetes de las manos:
—¡Cúbrame!
Levantó el arma, las puntas fluorescentes bailaron, luego pulsó el gatillo. El misil trazó una elipsis, avanzó a trescientos metros por segundo, y trituró la cola de la nave que tenía en frente. El aparato perdió el equilibrio, desplomándose en picado, explotando al chocar contra el suelo. A través de las llamas, comprobó que su acción había matado a varios de sus hombres: la guerra era la guerra.

Era necesario, pensó. El Cazador hubiera exterminado a muchos más.

Dorian se volvió, el soldado había empalidecido, trastornado por lo que acababa de ver:
—¡Espabile! —masculló—. ¡No tenemos todo el día!
El agente susurró lleno de odio:
—Es usted un asesino, comandante.
Stark fue cínico:
—Para vencer hay que sacrificar a los peones.
Acto seguido, le voló el corazón, destrozándole la caja torácica. El hombre se derrumbó boca abajo, una última mirada sorprendida llenaba sus ojos, sin emitir sonido alguno. Tuvo que hacerlo, nadie debía conocer su crimen, su unidad tenía que continuar obedeciéndole. En otra época, jamás hubiera actuado de aquella forma, pero los dados estaban echados, su porción de máquina dominaba su personalidad. Un escalofrío de repulsión le golpeó el estómago, detestaba las consecuencias de la bioingeniería, los trasplantes lo habían convertido en un monstruo. Una tanqueta torció en su dirección, traspasando una vivienda en ruinas, llevándose por delante a un soldado. El policía aulló, antes de quedar convertido en gelatina, sus restos salpicaron el armazón blindado del vehículo. El Agente Ejecutor apretó el gatillo por segunda vez, la deflagración fue espantosa, había acertado el depósito suplementario de municiones. Un enfermero lo auxilió a ponerse en pie:
—¡No me pasa nada! —gruñó—. ¡Déjeme en paz!
El hombre observó el pómulo metálico de su cara, hipnotizado, con la boca abierta. Dorian destiló veneno.
—¿Nunca ha visto un implante cibernético, amigo?
El enfermero tartamudeó:
—Yo...
Stark restalló como un látigo:
—¡Desaparezca de mi vista!
Olvidó el incidente, habían perdido. Las máquinas daban buena cuenta de sus tropas, aniquilando por la espalda a los supervivientes. Una nave sobrevoló un bloque de apartamentos, los cañones automáticos giraron, enfocándolo con exactitud matemática. El alemán bajó las pistolas, su hora había llegado, la muerte sería su único consuelo, no merecía otra cosa. La salva desintegró su físico, se desmoronó escupiendo sangre, libre de sus contriciones. Temblando, convertido en una masa desgarrada de carne, metal, huesos, circuitos, tendones y biochips, Dorian Stark murió...
 
 

3
 
El alemán abrió los párpados bruscamente, había tenido una pesadilla. El Heinkel AB 1000 surcaba los aires a diez mil metros de altura. Tenso, se pasó la mano por la cara, gotas de sudor bañaban su frente.

Ha sido horrible, pensó. Hacía tiempo que no tenía un sueño tan asqueroso.

Deprimido, ingirió tres pastillas, que serenaron los violentos embates de su corazón. La pesadilla le había arruinado el día, no le cabía duda al respecto, nunca se acostumbraría a sufrirlas. Intentó ser positivo sin conseguirlo, pensar que aún le restaba esperanza, el presente era mejor que un futuro devastado por la guerra nuclear. Por desgracia, sabía que tarde o temprano aquello sucedería, la cibernización era imposible de detener, cosa que sus superiores se empeñaban en ignorar. Lo peor de todo había sido que en su sueño era un cyborg de Tercera Generación, sus temores personales no le daban respiro en ningún momento.

Continúo siendo humano, meditó. Los neuroingenieros no han logrado transformarme en una máquina.

El avión se ladeó, agitado por las turbulencias, faltaba poco para llegar a Nueva York. Un cabo uniformado de verde cruzó el pasillo. Al llegar a su asiento, se puso en posición de firmes con los pulgares pegados al pantalón, tal como prescribían las ordenanzas:
—Tiene una videoconferencia, mi sargento.
Dorian rezongó:
—¿A qué espera para pasármela?
El hombre entrechocó los tacones:
—La pondré inmediatamente, señor.
La pantalla se encendió, el comandante Aries llenó su campo visual, una sonrisa maliciosa brillaba en sus labios:
—Buenos días, sargento. ¿Ha decidido aceptar la misión?
—Sí, señor.
Aries soltó una bocanada de humo:
—Como usted sabe, es común que nuestra Corporación reclute agentes de casas enemigas a la nuestra...

¿Reclutar? —Dorian sonrió interiormente con sarcasmo—Creía que se llamaba extorsión...

—Tenemos que proteger a un contacto que es esencial para terminar una operación que los Técnicos de Información del departamento empezaron hace meses.
El alemán asintió:
—¿Quién es nuestro hombre, señor?
—Su nombre es Miyoshi Hitsukaza. Hace un año trabajaba en la Corporación Kesler. La Fujifujih decidió conseguir sus servicios. Lo sobornaron, Stark. Vendió a sus compatriotas alemanes por los japoneses.
—Un tipo de fiar —dijo el Agente Ejecutor con ironía.
—Le hemos hecho una oferta, sargento —su superior ignoró su comentario—. Ahora trabaja para nosotros.
—Estupendo.
—¡Menos bromas, Stark! —exclamó Aries—. Debemos protegerlo. Hitsukaza es imprescindible. O el dinero que hemos invertido se iría al diablo.

Sería una lástima, pensó con desprecio. No quisiera que la Schneider perdiera pasta…

Al contrario de sus ideas, sus palabras fueron pragmáticas, le asqueaba charlar con su superior:
—Dígame lo que debo hacer.
—Los Técnicos han conseguido la fecha de la reunión de los representantes de las casas que han admitido a nuestro hombre. Usted debe eliminar a los miembros que han accedido a secundar esa alianza.
—De acuerdo, señor —el alemán deseaba terminar aquella absurda conversación—. ¿Dónde será la reunión?
—Times Square —Aries apagó el cigarrillo en un cenicero fuera de su campo de visión—. Mandaré el resto de los detalles a su apartamento cuando estén confirmados.
El monitor se apagó. Stark apretó los labios, consternado, volvía a primera línea. Su lucha jamás terminaría, siempre sería un esclavo de su profesión.

FIN


Alexis Brito Delgado, 2007
 
 

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