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Relatos - Relatos
Escrito por Hari Seldon   
sábado, 05 de abril de 2008

Carlos Daminsky nos ofrece un cuento breve en el que, en un futuro lejano, una mujer dotada de poderes psíquicos se adentra en un desierto que esconde extrañas criaturas y arcanos. Va  en busca de su amiga.

 

 

DESIERTO 

 

Se miró a sí misma. Ambas (ella y su reflejo), una en cada palma de la mano abierta de la gran estatua de bronce que se elevaba hacia el hielo. La voz, paternal, le dijo que no tuviera miedo. La calma llegó, suave.

 

1


La nave “Pingüino Loco” aterrizó en Puerto Desolación automáticamente, levantando una capa de polvo amarillento. Era una nave de carga y normalmente transportaba mercancía, pero aquella vez había traído un pasajero.
Cuando el túnel de la pasarela se acopló, Jessica Fernández salió por la escotilla portando su larga túnica lisa de color nacarado. Tenía la cabeza rapada y en los ojos un sombreado verde oscuro. Se replegó los faldones y al salir a la sala de control sus ojos llamearon.
 
 

2

El aerocoche se desplazaba a escasos metros del desierto de dunas. En lo alto de un firmamento violáceo los soles gemelos despedían tonalidades rosadas. El monótono paisaje amarillento hizo que ella se adormeciera. El vehículo siguió su rumbo, guiado por el sistema de navegación.

... Se despertó. Algo la reclamaba... Sus dedos, con las uñas pintadas de rojo, apretaron varios botones en la consola y tomó el control manual... El aerocoche descendió... La escotilla se abrió y el aire cálido y denso entró en la cabina... ella se encontró suspendida sobre el vértice de una pirámide... Sus pies, calzados con botas altas con borlas anaranjadas, tocaron la arena. Ésta pareció vibrar, viva. El aire acariciaba. Anduvo un trecho hasta subir a lo alto y después descendió. Jessica conocía muy bien a los Yiks, y sabía seguro que por aquella zona no se adentraban... Al final dio con ello, al tropezar. Se formaron rayos de luz blanca. Se arrodilló y removió la arena. Una punta sobresalía. Colocó la mano sobre ella. 

 

3

No distinguió los edificios hasta casi estar sobre ellos. Estaban perfectamente mimetizados con el agreste paisaje. Descendió rápidamente.
La soledad allí se hacia pesada y palpable. 
Avanzó hacia el monasterio.
Su túnica revoloteaba... vio al viejo con el cayado recibirla con ojos resecos...
Al llegar a la entrada con forma de arco arábigo, una puerta lateral se abrió y un anciano salió a recibirla apoyándose en un cayado.

 

4

...Ataques psíquicos...
...Hermanos muertos... otros se fueron al desierto...
Pesadillas... chasquidos de estática... sonidos irascibles... tormentas de raíces blancas...
 
El anciano se retiró a su celda. La noche, como un barril de alquitrán derribado. La noche fría. Ella se sentó con las piernas cruzadas en mitad del claustro octogonal. Acurrucada. Las piedras querían abatirse. Sueños de mar calmado.
 
—Bienvenida sea. De parte de Haamaat, es un honor.
—Muchas gracias por su hospitalidad.
 
Despertó. Uno despierta o no despierta. Los ojos son la guía. La vía es la mente. Despertó al sosiego sempiterno. El cuerpo es el error.
Tomó su infusión alimenticia. Después vagó por las estancias, donde el polvo suspendido era alma. Muebles olvidados. Austeridad. Reflexionó sobre el anciano muerto. Signos.
Desde lo alto de la torre observó en la lejanía las montañas de roca descarnada y suelta. Muro del horizonte arenoso.
 
...El mal... civilizaciones perdidas... incomprensibles... allí puede haber algún punto... la reflexión ante todo... ¿un vaso de agua?
 
Cavó la fosa. Después acarició al anciano y calmó su imprenta psiónica.
 
—Ha sido un placer.
Le dio descanso.
 
Segunda noche. Estrellas distantes. Aguardó.
No tardó en llegar. El ambiente se cargó. Las sombras amorfas palpitaron. Y algo escrutaba desde el tejado. Algo hambriento. La criatura tenía multitud de patas y apéndices. Con su cuerpo acorazado descendió para sorprenderla por la espalda... pero al acercarse la túnica hueca cayó al suelo... y ella salió de su escondite mostrando la palma de la mano, en la que había tatuado un ojo dentro de un círculo... El monstruo se deshizo en ondas...

 

5

Partió con el aerocoche. Esta vez condujo con la capota abierta. Puso rumbo hacia las montañas. Un rumbo amarillento.
La criatura alargaba sus patas. Horrible. Cuatro enormes ojos oscuros.
—¿De dónde vienes?
—No lo sé, no lo recuerdo.
—¿Qué buscas?
—Algo. Comida. Algo.
—¿De dónde vienes?
—No lo sé.
—¡Mientes!
—No.
Su cuerpo amarillo vibraba. Flotaba.
—¿Acaso vienes de las montañas?
—Vengo de muchos lugares, y de ninguno.
Aquel ser se alimentaba de alma. Lo abandonó reseco y encogido en una de tantas dunas. Probablemente una víctima de algún poder extraño.
 
Navegó durante un par de horas y las montañas se alzaron astilladas.
Abajo vio los cristales de una nave brillar. Descendió allí.
 
Dentro no había nadie. El aerocoche de color beige, parecía abandonado hacía ya tiempo. Lleno de polvo.

Paró en una pequeña meseta que formaban los intricados picos de la montaña seca. Oteó el horizonte añil haciéndose sombra con las manos... siempre peleada con el paso del tiempo...
Tomó la senda marcada con piedras... Delante de ella, huellas que subían camino arriba... La ascensión bajo los rayos irisados de los soles gemelos le llevó su tiempo. Algunos sorbos de agua con sales minerales de su cantimplora. Piedras rodando montaña abajo.

Llegó a una era pelada y circular. Allí estaba ella. Pero no exactamente ella.
—Alba —dijo Jessica.
Su aspecto físico frontal era el de su amiga... pero su visión astral le mostró la espalda llena de barras de metal, formando una carcasa de estructura entrecruzada que sujetaba la carne. En aquel maldito desierto había lugares perdidos y ruinas olvidadas muy peligrosas. Vestigios de civilizaciones decaídas. Culturas incomprensibles... y algunos de aquellos sitios aún manaban poder. Arcanas fuerzas más allá de toda razón, esperando su oportunidad de ser convocadas.
—Jessica, al fin has venido —dijo suavemente.
Su amiga, en un destello, se acercó sin poner pie en el suelo... y le dio un beso en la boca.
—¡Aléjate de mí! —Se puso en guardia. Aquello no era su amiga.
—Jessica... No hay que ponerse así. —Sintió como unas  manos tocaban sus pechos por detrás. Se apartó de un salto. Nada a su espalda.
—¡Duerme el sueño de los justos! —pronunció, mostrando la palma de una mano en la que había doblado los dedos índice y corazón. Su abyecta amiga cayó en un letargo.
Observó el rastro de la sonda, cuyos destellos chispeantes resaltaban en su concentrada visión. Sus ojos llamearon.
Atravesó la falsa piedra y un túnel de paredes fosforescentes la condujo hasta una cámara. De allí salía el rastro de la sonda psiónica.
En la sala, por cuya bóveda entraba luz a través de una vidriera con extrañas representaciones, había una caja negra.
—Buenos días —le comunicó la voz.
Ella no respondió.
—Me has dejado sin concubina.
La voz parecía proceder del interior de la caja oscura, que estaba llena de ruedas y pequeños cubos. Latiguillos salían de aquí y de allá, formando puentes por los que corría un líquido aceitoso, y un par de antenas sobresalían con sus puntas enmarañadas.
—¿Quieres ser tú?
—No.
—¡Oh, venga, por favor!
Jessica Fernández pulsó un botón y la desconectó. Después se sentó en el suelo y rogó por todas las almas.

 

 

Carlos Daminsky, 2008 


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