Partió con el aerocoche. Esta vez condujo con la capota abierta. Puso rumbo hacia las montañas. Un rumbo amarillento.
La criatura alargaba sus patas. Horrible. Cuatro enormes ojos oscuros.
—¿De dónde vienes?
—No lo sé, no lo recuerdo.
—¿Qué buscas?
—Algo. Comida. Algo.
—¿De dónde vienes?
—No lo sé.
—¡Mientes!
—No.
Su cuerpo amarillo vibraba. Flotaba.
—¿Acaso vienes de las montañas?
—Vengo de muchos lugares, y de ninguno.
Aquel ser se alimentaba de alma. Lo abandonó reseco y encogido en una de tantas dunas. Probablemente una víctima de algún poder extraño.
Navegó durante un par de horas y las montañas se alzaron astilladas.
Abajo vio los cristales de una nave brillar. Descendió allí.
Dentro no había nadie. El aerocoche de color beige, parecía abandonado hacía ya tiempo. Lleno de polvo.
Paró en una pequeña meseta que formaban los intricados picos de la montaña seca. Oteó el horizonte añil haciéndose sombra con las manos... siempre peleada con el paso del tiempo...
Tomó la senda marcada con piedras... Delante de ella, huellas que subían camino arriba... La ascensión bajo los rayos irisados de los soles gemelos le llevó su tiempo. Algunos sorbos de agua con sales minerales de su cantimplora. Piedras rodando montaña abajo.
Llegó a una era pelada y circular. Allí estaba ella. Pero no exactamente ella.
—Alba —dijo Jessica.
Su aspecto físico frontal era el de su amiga... pero su visión astral le mostró la espalda llena de barras de metal, formando una carcasa de estructura entrecruzada que sujetaba la carne. En aquel maldito desierto había lugares perdidos y ruinas olvidadas muy peligrosas. Vestigios de civilizaciones decaídas. Culturas incomprensibles... y algunos de aquellos sitios aún manaban poder. Arcanas fuerzas más allá de toda razón, esperando su oportunidad de ser convocadas.
—Jessica, al fin has venido —dijo suavemente.
Su amiga, en un destello, se acercó sin poner pie en el suelo... y le dio un beso en la boca.
—¡Aléjate de mí! —Se puso en guardia. Aquello no era su amiga.
—Jessica... No hay que ponerse así. —Sintió como unas manos tocaban sus pechos por detrás. Se apartó de un salto. Nada a su espalda.
—¡Duerme el sueño de los justos! —pronunció, mostrando la palma de una mano en la que había doblado los dedos índice y corazón. Su abyecta amiga cayó en un letargo.
Observó el rastro de la sonda, cuyos destellos chispeantes resaltaban en su concentrada visión. Sus ojos llamearon.
Atravesó la falsa piedra y un túnel de paredes fosforescentes la condujo hasta una cámara. De allí salía el rastro de la sonda psiónica.
En la sala, por cuya bóveda entraba luz a través de una vidriera con extrañas representaciones, había una caja negra.
—Buenos días —le comunicó la voz.
Ella no respondió.
—Me has dejado sin concubina.
La voz parecía proceder del interior de la caja oscura, que estaba llena de ruedas y pequeños cubos. Latiguillos salían de aquí y de allá, formando puentes por los que corría un líquido aceitoso, y un par de antenas sobresalían con sus puntas enmarañadas.
—¿Quieres ser tú?
—No.
—¡Oh, venga, por favor!
Jessica Fernández pulsó un botón y la desconectó. Después se sentó en el suelo y rogó por todas las almas.