Cada vez es más frecuente leer noticias del estilo de: “El hijo de Tolkien abre accidentalmente un baúl y encuentra unos manuscritos inéditos e incompletos de su padre. En el interior del baúl había una receta de pastillas para la tos, en cuyo margen Tolkien escribió las directrices de tres o cuatro novelas que, una vez completadas hasta cubrir unas cuatro mil páginas, constituirán la parte esencial de la saga de la Tierra Media, donde se explica la naturaleza humana y divina de Tom Bombadil y bla, bla, bla…”. Son varios, bastantes, los autores cuyos descendientes o esposas han encontrado anotaciones y apuntes en un baúl, una carpeta olvidada en el altillo, un portafolios abandonado en el sótano o la etiqueta de una camisa en el trasfondo del armario ropero.
Qué queréis que os diga. A mí me huele a chamusquina. Probablemente la primera vez sí ocurrió. Es más que sensato pensar que, por ejemplo, Tolkien efectivamente hubiera dejado multitud de anotaciones inéditas sobre el Silmarillion. Estoy seguro de que una gran cantidad de escritores ha utilizado servilletas para anotar ideas que les venían a la cabeza mientras almorzaban en una terracita. Incluso puede que las hayan guardado ‘por si acaso’. Lo que no me creo del todo es que esas anotaciones contengan lo suficiente como para, a partir de ellas, poder crear una trama, un argumento, los personajes, el desarrollo de la historia y su desenlace tal y como el autor original pensaba hacerlo. Se puede hacer todo eso pero lo que resulte será creación del autor que lo escriba, no del que hizo las putativas anotaciones. Si se limitase uno a unir, completar un poco y finalmente editar unas anotaciones, al final saldría algo similar a… pues eso, el Silmarillion, pero no catorce precuelas y secuelas de la Fundación de Asimov ni del mismo Tolkien, o de Herbert. Ah, pero es que si alguien se pusiera a escribir en base a algo ya publicado, de gran éxito, sin mencionar a la parte que corresponde al autor reconocible —el famoso, el que vende, el que, en fin, es descuidado con sus baúles, armarios, sótanos o altillos— no sería lo mismo. No se vendería. En realidad es una estrategia publicitaria para vender —la editorial y él— y crearse un nombre —él—, con el permiso —remunerado— de los herederos del famoso, cuando no es alguno de éstos directamente quien hace de continuador. Pues no. Porque a veces se ha pedido a otros autores de reconocido prestigio que hagan este trabajo. El fin, el objetivo, me da la impresión de que es seguir la saga. El poder es la especia. Se utilizan el nombre de la saga y el de su creador para que la historia recién escrita se considere parte o complemento de la misma saga. Porque no olvidemos que, curiosamente, los textos encontrados en baúles no son fragmentos enmarcados en obras sueltas de las que nadie conoce el entorno, el universo que envuelve a la historia, sino de sagas. Y ahí seguro que la mayor parte del interés es comercial, idea de los editores o de los asesores financieros de los herederos del escritor que inició la saga. Pues muy bien. Pero que lo digan. La saga la puso el autor original; aprovecharse de ella, de un entorno ya creado y que vende, que funciona, es lícito si se está autorizado a ello. Pero un baúl olvidado… ¿Para qué se pone esa excusa si no es para incluir la participación del autor original? J.K. Rowling montó la marimorena el otro día porque para viajar en avión le hacían facturar el único ejemplar que existe del último Harry Potter. Al parecer había aún partes escritas a mano, apuntes inéditos que ni siquiera estaban recogidos en soporte informático. Y montó un pollo del quince hasta que consiguió que le permitieran viajar en cabina con el manuscrito, del que no se separa ni en sus momentos más íntimos —según confesión propia, dicen, a las autoridades del aeropuerto y de la línea aérea implicada en el malentendido. Vamos a suponer que es cierto y que la buena mujer —que aseguraba que lo tenía escrito desde hacía meses y a pesar de todo no lo había pasado a su pc, no será por falta de medios o de colaboración…—, no quisiera que le perdieran las maletas con algo tan importante. Incluso vamos a suponer que sí había copias ya de todo en soporte informático, y que en realidad J.K.R. intentara evitar que con el imaginable —ejem— extravío del manuscrito se pusiera a circular por internet, radio y TV la noticia que adelantase el argumento y el desenlace del que va a ser el último volumen del mago modosito. Creo que la autora está en su derecho de tratar de evitar que le fastidien la sorpresa. Sus libros se publican y luego se guardan bajo candado y con guardias de seguridad haciendo un cordón humano que los rodea hasta que no se da la autorización de la venta, es parte del marketing comercial. Vale. En cualquier caso, su actitud sugiere que no existe ni una sola nota perdida, descontrolada, olvidada ni fuera de su estricto control. No hay nada de su puño y letra que absolutamente nadie pueda encontrar dentro de… digamos, el tiempo suficiente como para que J.K.R. haya fallecido. Ni lo hay ahora ni lo habrá entonces. ¿Piensa hacer precuelas? Es probable, pero las hará ella. No dejará notas al alcance de nadie. De nadie. Cada capítulo escrito a mano, si ha de perdurar meses, estará plastificado por si un día llueve y se moja. Estará siempre a su alcance por si hay un incendio o un simulacro y tiene que salir pitando y abandonando todas sus otras pertenencias. No habrá fragmentos largos, por tanto, de ninguna de sus subsiguientes obras, que puedan aparecer en un baúl al cabo de varios años después de haber fallecido. Si muere siendo consciente de que muere, en la cama y rodeada de sus herederos, les dirá a éstos hasta dónde había llegado con lo que estuviera escribiendo en ese momento. Si por el contrario muriera accidentalmente, de improviso, quien descubra su cuerpo encontrará —allí, en ese instante— la carpeta de marras debajo de su brazo, con los textos a mano plastificados. Las copias en CD-ROM estarán en cajas de seguridad en Fort Knox. Y la editorial y sus herederos exigirán que se les entregue todo de inmediato. Pero nada de venir años después con “Qué sorpresa, al rebuscar en su baúl tenía fragmentos inéditos de las precuelas que pensaba hacer hace… la tira de años, algo titulado: ‘El origen del quidditch’, ‘La maldición de los Weasley’ y ‘La construcción de Hogwarts’”. No. No cuela. ¿Y esos pequeños apuntes de ideas que pudo haber escrito en una servilleta mientras almorzaba en un bar? Sí, puede que hubiera algunos, pero con toda seguridad fueron guardados en su bolso y destruidos metódicamente por ella misma en cuanto incluyera su contenido en el marco de la obra principal. Esos apuntes, circulando escaneados por internet serían su ruina. Y esto ocurriría inmediatamente, pues seguro que cada vez que tira un papel por la calle alguien va detrás y lo recoge. Bueno, Asimov, Tolkien y Herbert en vida no fueron unos fenómenos de masas tan perseguidos por la prensa y los fanáticos como lo es Rowling. Es posible que ellos sí se descuidaran en su día. Sí, pero ¿tanto como para dejar ‘todo eso que pensaban escribir’ sin publicar? Es que no hablamos de apuntes o fragmentos aquí y allí, hablamos de trilogías, sagas contenidas en otras sagas… demasiado, me parece a mí. Yo creo que el texto es de quien lo escribe, como cuando se publican innumerables novelas de la saga de Star Wars basadas en el universo creado por Lucas —que está vivo—. Pero que se utilice el nombre del difunto para vender… canta un poco. Stephen King creo que publica todo en un plazo de 20 minutos después de habérsele ocurrido la idea. Mientras he escrito esto él ha publicado dos novelas, así que no creo que deje textos inéditos por ahí tirados. Sería una máquina. Pero veremos cuántas novelas de La Torre Oscura salen tras su muerte. Federico G. Witt, 2006 Add as favourites (1) | Cite este artículo en su sitio | Views: 784
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