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No hace mucho que puse un artículo sobre la gran marea de plástico que flota en el Océano Pacífico. Y hace aún menos que alguien preguntaba en nuestro foro por el tema de los agujeros blancos y de gusano. Pues aquí hablan de ambas cosas. Agujeros blancos
Las grandes fantasías cosmológicas vuelven a estar de moda. Hace unas semanas algunos medios se hacían eco de viejas historias que ya tuvieron en su día su momento de gloria mediática, como los universos paralelos y los agujeros de gusano; ya saben, esos túneles de reciclado cósmico por los que transita, suponen algunos, la materia engullida por los agujeros negros hasta hacerla aflorar por otra parte, en lo que denominan un agujero blanco.
AUTOR | Ignacio F. Bayo
Los agujeros negros, fueron antaño entelequias de dudosa realidad, pero hoy parecen ya perfectamente integrados en el mapa de las verdades científicas. A ello contribuyó de forma notable Stephen Hawking, cuya enfermedad avanza lenta pero inexorablemente (cuando le conocimos unos cuantos colegas, hace ya casi 20 años, movía un dedo con el que manejaba su ordenador y ahora sólo puede mover la vista). Hawking sigue sacando provecho de esa sabia ambigüedad en la que mezcla las teorías más o menos contrastadas y aceptadas con las más fantasiosas e imaginativas, una mezcolanza que fue ingrediente esencial de su Historia del tiempo y de sus posteriores obras y que muy posiblemente (yo no lo he leído aún) esté presente en la novela que ha escrito con su hija, un género donde la imaginación tiene plena cabida.
Hawking colaboró con Roger Penrose en el desarrollo teórico de las singularidades, esos entes que se supone que forman el corazón de los agujeros negros, donde no rigen la mayor parte de las leyes de la física. Resulta complicado saber qué ocurre en esas singularidades donde se acumula el fruto de la voracidad de los agujeros negros. Una voracidad comprobada, porque aunque es evidente que nadie ha visto ninguno de estos déspotas sí se han observado sus efectos; sobre todo esa materia que se van a engullir y que se recrean en acelerar hasta extremos insospechados, haciéndola girar atropelladamente en una especie de torbellino diabólico y cuyo desmesurado brillo delata al oscuro animador.
¿A dónde va toda esa materia? (recuerdan aquella canción de Silvio Rodríguez en la que se preguntaba "¿en qué estarán convertidos mis viejos zapatos? ¿A dónde fueron a dar tantas hojas de un árbol?..."). A un agujero blanco, responden sin parpadear los cosmólogos, que tienen respuesta para todo. Recuerden, un agujero blanco es un lugar en el que la materia emerge espontáneamente, cual surtidor; una imagen especular de un agujero negro, su reverso. Hay quien dice que un agujero blanco es un big-bang que aparece de pronto en medio de la nada y que puede dar lugar a otro universo, y que probablemente así es como nació el nuestro. La materia (que obviamente es como decir la energía) viaja desde un "agujero negro-sumidero" hasta el "agujero blanco-manantial", que vomita lo que el primero engulló. Queda por saber cómo y dónde se realiza la digestión, que es como preguntar ¿cómo viaja la materia-energía desde el agujero negro al agujero blanco? Una vez más, los cosmólogos responden sin titubeos: a través de un agujero de gusano. Y santas pascuas.
El mito del eterno retorno no está pues definitivamente desahuciado. "Todo fluye", que decía Heráclito, todo está en continuo trasiego, pero "nada cambia, porque el ser sigue siendo ser" contestaba Parménides. Y esa dialéctica, que inició los debates de la historia de la filosofía, sigue vigente: todo se mueve, desaparece de nuestra vista, pero lo hace tan solo para reaparecer más allá, en otro universo o en un rincón inesperado. De alguna manera viene a corroborarlo el principio de que la materia-energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma... o cambia de lugar.
A pesar del tonillo irónico, todas estas hipótesis de corte fantástico tienen un fuerte componente matemático que las sustenta, aunque no consiguen llegar a perder su carácter especulador porque siempre aparece el problema de la comprobación empírica de algunos de sus asertos. Resultó complicado comprobar la existencia de los agujeros negros, y mucho más resultará demostrar el resto del esquema, porque nadie acierta a proponer ninguna medición o experimento que permita arrojar alguna luz sobre la existencia de los agujeros de gusano y de los agujeros blancos.
Pues atentos, cosmólogos, porque existe un modelo a escala terrestre con el que experimentar; un inmenso (para la escala planetaria, claro) agujero blanco en medio del océano Pacífico, donde no está naciendo un universo ni lo que mana es materia comprimida. Sus descubridores lo han llamado La gran sopa de plástico, y es una inmensa acumulación de basura, principalmente materiales plásticos, que ocupa una superficie equivalente a la de Estados Unidos (algunos calculan que mucho más), con una profundidad de unos 10 metros y un peso total que asciende a 100 millones de toneladas. El insospechado almacén forma dos grandes manchas, situadas en medio del océano, al norte de las Hawaii y a medio camino entre América y Japón, en zonas que mal cabe calificar de vertederos, porque no se depositan allí esos residuos y de hecho la zona no la transita prácticamente nadie, ya que son aguas remansadas, fuera del paso de las grandes corrientes y de los principales vientos.
¿De dónde procede pues esa basura? ¿Cuál es su agujero negro de origen y por donde pasa su agujero de gusano de transición? Los datos están aún muy verdes como para dar una respuesta certera. La institución que ha dado la voz de alarma, una tal Fundación de Investigación Marina Algalita, no tiene aún una gran solvencia, así que habrá que esperar a que se estudie la situación por parte de un equipo de investigadores, pero cabe dar un margen de confianza al tema porque tiene sentido, y por eso la noticia ha sido recogida por muchos medios de comunicación. Con esta debida precaución, cabe sospechar que el agujero negro, el gran succionador, es el océano global, considerado durante mucho tiempo como el sumidero perfecto para eliminar los residuos nuestros de cada día, esa suciedad del consumo en la que vivimos inmersos. Toda esa basura de la que nos deshacemos despreocupadamente y que en parte acaba llegando al mar. Pero ese gran sumidero es un agujero negro con trampa. Por algún conducto extraño, un agujero de gusano submarino, formado o alentado por las corrientes y los movimientos de las aguas, toda esa materia acaba siendo regurgitada en un agujero blanco. En este caso, se encuentra en el Pacífico norte y es singular, aunque no una singularidad.
La pregunta de Silvio ya tiene respuesta: sus zapatos están mezclados con millones y millones de objetos de ese basurero inesperado que se ha descubierto allí. Si la cosa es de la magnitud anunciada (y aunque no lo sea) ¿no va siendo hora de tomarse en serio el tema de los residuos? ¿Y los agujeros blancos? Fuente: madri+d: opinión Artículo relacionado
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