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Relatos - Relatos
Escrito por Hari Seldon   
jueves, 17 de abril de 2008

Carlos Daminsky nos ofrece un relato que trata uno de los temas que, según confesión propia, más le gustan: la licantropía. En él también se incluyen -eso sí, de forma muy libre- dioses íberos.

 

 

GARRAS

 

Dedicado a Paul Naschy


UN PAR DE VÍCTIMAS

Miró el reloj de la cocina. Faltaba un cuarto de hora para que llegara del trabajo. Sonrió, hoy estaba juguetona y excitada.
La luna llena destacaba pálida en el firmamento nocturno. Miró la calle desierta por la ventana y después bajó la cortina. Fue hasta la pila de la cocina y troceó cebolla. «Qué ganas tengo de verle», pensó, y entonces, en un descuido, se cortó con la hoja del cuchillo. En aquellos instantes, el timbre de la puerta sonó. Apretó el pequeño corte rojo con una servilleta y en seguida olvidó el dolor. Fue trotando alegremente hasta la puerta.
Al abrir sonrió, pero inmediatamennte la risa quedó truncada. Un monstruo peludo sujetaba la cabeza decapitada con los ojos salidos de su marido. Hilillos de sangre goteaban de su cuello desgarrado. Ella se quedó congelada, irreal en el espacio. De repente la luz de la escalera se apagó. Oyó un rugido al tiempo que un  pestilente aire inundaba sus fosas nasales. La mujer desconocía lo mal que podía llegar a oler la muerte... hasta que llegó aquel momento...

Encendió un cigarrillo y aspiró profundamente. Llevaba un buen rato por la calle intentando calmarse. Tanto se había ensimismado que sus pasos le habían llevado a la parte baja de la ciudad, donde un bulevar ajardinado transcurría junto al río. Trató de no pensar más, pero le era prácticamente imposible... La noche había desenrollado su telón. El tiempo había pasado rápido. La luna llena fulguraba. Sus pisadas resonaban en el camino de grava. Pero... demasiado fuertes. Se giró con la sensación de que algo... Todo estaba estático. Sintió frío. Caminó más deprisa y tomó unas escaleras, agobiado. Entonces creyó ver una figura que le perseguía. Ascendió por los escalones que conducían a los restos de la antigua muralla medieval, mirando todo el rato para atrás, presa del pánico. En aquellos instantes se sintió muy solo. Unos pasos más y estaría otra vez a la luz de la ciudad. Cuando alcanzó el arco de la puerta de la muralla recuperó la calma. Pero entonces, algo que estaba colgado en el muro bajó de un salto interponiéndose en su camino... La camisa se desgarró en surcos por el pecho y volaron trozos de retales. Sintió su piel lacerarse y miró sorprendido la sangre oscura manar... Los problemas acabaron para siempre.
 

EL MUNDO ESTÁ MUY MAL

«El mundo está muy mal», pensó, mientras ojeaba las noticias del periódico matinal. Guerras, desastres, hambre, plagas, asesinatos...
Plegó el periódico. Después redondeó con un bolígrafo varios días del mes en un calendario y quedó pensativo con el bolígrafo en lo boca. «Mal, pero que muy mal está el mundo».
Un círculo en rojo señalaba el día de hoy.

Se sirvió un gin-tonic, le puso hielo y salió a la terraza. Tomó asiento en una silla de playa que utilizaba para estar allí. Sorbió un poco de la amarga bebida y sus papilas gustativas dieron vueltas. Contempló cómo el horizonte iba oscureciendo a medida que los últimos rayos amarillentos desaparecían por detrás de las montañas grises.
Para cuando el Sol se marchó, su copa estaba vacía. Se acomodó relajado en la silla y cruzando las manos aguardó. La noche de plenilunio llegaba acompañada de estrellas de sangre. Los primeros destellos lunares bañaron su silueta y el impulso llegó. Sus líneas corporales se alteraron...

Se levantó enfurecido, lleno de agresividad y con hambre de caza. Saltó por la barandilla de la terraza.
 
 
GARRAS
 
Miles de rastros de olores le llegaban a su inquieto hocico mientras corría encorvado, con sus brazos peludos encogidos. Un gato negro que se cruzó en su camino. El  felino se encrespó y bufó al verlo, después salió huyendo hacia las tinieblas.
La sangre le excitaba. Le hacía babear. Tornaba su mente iracunda. Y mientras se deslizaba acechante, le llegó el olor a miedo. Y muy cerca. Atraído como un imán, rápidamente atravesó unos setos. Al salir al descampado, observó una figura peluda que tenía acorralada contra la pared a una persona herida que se agachaba y anteponía los brazos suplicantes...
 
... Los licántropos cruzaron miradas sorprendidas y sus cuerpos se agitaron.
 
Desplegaron las garras letales y súbitamente fueron al encuentro. Chocaron violentamente lanzando gruñidos, mientras se propinaban zarpazos.
El hombre malherido vio su oportunidad para escapar mientras los dos engendros luchaban entre sí. Pero, al dar unos pasos, algo lo detuvo. Algo espeluznante. Algo salido de las tinieblas. Primero notó un contacto frío. Después, un calor le incendió por dentro y su rostro se quedó arrugado en un último suspiro.
Un grito desgarrador rompió la noche y le puso en alerta. El otro licántropo dejó de pelear y se retiró.
La presencia congeló por momentos su ira y agachó la cola. Allí se había manifestado una deidad ancestral, y comprendió que la otra criatura había hecho algún tipo de pacto con ella. Reculó para atrás. De momento no podía hacer nada. El otro licántropo recogió el cadáver y, aullando, se marchó. La presencia tenebrosa se aproximaba hacia él. Su instinto de supervivencia le dio un aviso interior y, dando un salto, escapó a tiempo de Tagotis.
Mientras huía a la carrera, olió la excitante fragancia que había quedado impregnada en su pelo tras la lucha. Su instinto de apareo se excitó pensando en la hembra.
 

VAEL
 
Vestía una camiseta ajustada de color amarillo, unos pantalones vaqueros cortos y unas zapatillas de tela a cuadros. El día era cálido y luminoso. Se puso las gafas de sol y subió al autobús.
Los edificios se sucedían monótonamente, unos a otros. Agarrado a la barra mientras se bamboleaba, una mujer se puso a su lado y pudo oler su perfume. Recordó la noche... la hembra... la presencia...
 
Bajó en una parada solitaria. Hojas de periódicos revoloteaban llevadas por el aire. Dirigió sus pasos hasta un viejo bloque de casas. Un bullicio de gente surgía de allí y en  muchas de las ventanas había tendederos con ropa de colores. Cruzó un descampado lleno de malas hierbas y fue hasta el panel de botones del edifico. Busco entre ellos hasta que dio con uno en el que ponía VAEL. Llamó. Como nadie respondía y la puerta estaba abierta, entró.
Subió en el ascensor. La vieja cabina desvencijada le llevó traqueteando hasta la séptima planta.
Al salir al rellano, dio con unos ancianos que estaban sentados alrededor de una mesa jugando a las cartas. También había varios niños correteando alrededor, persiguiéndose unos a otros mientras chillaban. Uno de los viejos le hizo una seña con el pulgar, indicándole una puerta abierta. Él asintió y entró en la vivienda.
El pasillo estaba lleno de inscripciones y sellos de protección ya desgastados y sin utilidad. Llegó al comedor y un fuerte olor rancio inundó sus fosas nasales. En un sofá viejo y lleno de desperdicios había tirado un hombre gordo y desaliñado. Al lado había una mesa llena de botellas, latas, vasos de plásticos y restos de comida podrida sobre platos. Las persianas estaban entornadas.
El hombre gordo se levantó patéticamente, desparramando migajas que había sobre su cuerpo por el suelo gris. Tenía los ojos enrojecidos y el pelo enmarañado. Despedía un fuerte olor a sudor y alcohol. El tipo estaba borracho y le echó una mirada perdida. Dijo algo así como que no le podía ayudar y eructó. Entonces le llegó una extraña voz profunda. Al principio no supo situar de dónde procedía, pero luego...
Una cosa avanzó boca abajo por el techo. Después se dejó caer de pie en el suelo dando una voltereta en el aire. Sus ojos anacarados enseguida se clavaron en él pérfidamente. Aquel engendro se acercó caminando desarticuladamente... Era un mensajero... y entonces susurró: ¡Fueraaaaaaa!

Al salir del edificio suspiró, entre madejas de pensamientos. Nada más traspasar la puerta de la entrada, le llegó el olor... En aquellos momentos se excitó, pues supo que era la mujer-loba.

En un pequeño bar tomaban café. Ella, morena y con ojos castaños, le miraba fijamente mientras absorbía de la taza de café. «Mi Benefactor Vael es un sucio borracho que no es capaz ni de encontrase la polla», dijo él. Inmediatamente ella respondió: «No le culpes, está bajo un poderoso hechizo que lo mantiene fuera de combate». En el bar no paraba de entrara gente y más gente. «¿Y así que tú…?», continuó él, «¿… estás en el bando del bastardo Tagotis?». «No exactamente», respondió. El pequeño bar se atestaba de personas. «Digamos que tengo que devolver un favor». En esos momentos a él le vinieron malos pensamientos.
«Disculpa, tengo que ir al servicio». Se levantó mostrando las atractivas curvas de su cadera. La gente le empezó a apretar. A agobiar. Y ella le lanzó una mirada entrecortada desde la puerta del aseo. La gente se le echaba encima, él intentaba apartar a las personas. «Disculpen, disculpen, ¡disculpen!». Pero la gente no era gente. Sus ojos estaban en blanco y sus lenguas colgaban puntiagudas...
 
Los posesos se apiñaron entorno a él como alimañas, intentando asfixiarle. Entonces empleó el último recurso para salvar su vida. Convocó la Marca de la Bestia... la cara se alargó, acabando en un hocico prominente. Los ojos se tornaron sangre y el vello creció descontrolado por toda la piel, mientras los poderosos músculos rajaban la ropa que llevaba encima. Las manos se hicieron el doble de grandes y las uñas se alargaron puntiagudas formando terribles garras. Su boca babeó mostrando los agudos caninos...
Aulló y descargó su rabia, haciendo volar por el aire como peleles a los demonios que le rodeaban... Después se abrió paso destrozando a toda alimaña que se le echaba encima, y consiguió huir saltando a través de la cristalera de la ventana, que s ehizo añicos. En el exterior, el sol nítido estaba en todo lo alto. Los transeúntes gritaron horrorizados al ver pasar corriendo a la bestia, que al cruzar la carretera hizo frenar al desconcertado tráfico mientras desde los vehículos le lanzaban bocinazos.

Aquella vez tuvo suerte. Tan solo fueron treinta horas. Treinta horas con la oscuridad como única compañera. Hasta que la bestialidad se le calmó y pudo regresar a la forma humana. Pero siempre quedaban secuelas, si usaba la licantropía de aquella forma... el animal luchaba por apoderarse de su mente... por quedarse.
La calma llegó.
 

LA MUJER-LOBA
 
«¿Y qué piensas, Juan?», le preguntó. Ambos estaban sentados en un banco de madera. El hombre le sonrió, desdentado. «Creo que te puedo ayudar», respondió. El parque monolítico permanecía solitario y silencioso. El tipo, que llevaba puesta una larga gabardina de color blanco la abrió, mostrando, colgados del forro interior, una multitud de objetos diversos. Se rascó su cabeza medio calva, seleccionó uno de ellos y le puso una bellota en la mano.

Con facilidad nocturna, la bestia saltó el abismo entre tejado y tejado. Cayó sobre el techo, encorvado, mientras apretaba la boca mostrando los colmillos. Su instinto se había tornado extremadamente sensible, y a la vez que olisqueaba el aire miró con sus ojos, de enormes pupilas agitadas, hacia donde lo atraía éste. Oscuro cristal nocturno. Dio unos zarpazos cortando el aire, corrió y saltó al tejado más próximo.

Se cortó un mechón de pelo con la daga plateada.

Ella estaba en la buhardilla. Allí había un altar con numerosas velas negras que despedían humo turbio. Contempló, pensativa, durante bastante tiempo la demoníaca efigie, mientras las sombras oscilantes producidas por las velas danzaban alrededor de la representación, que estaba sobre una especie de púlpito de madera oscura con tallas de invocación. Sobre éste había un retablo de oro desgastado representando una apocalíptica tormenta; y delante estaba la estatua del dios Tagotis, cuyo rostro, mitad dragón mitad perro, miraba cruel mostrando sus dientes de sierra y su lengua serpentesca mientras batía sus alas de murciélago. Y bajo sus patas, entre sus puntiagudas zarpas, tenía atrapada a una multitud de gente aterrorizada.
Ya no se lo pensó más. Fue directa al altar y de un manotazo tiró la estatua de Tagotis al suelo... «No, no, no. No deberías haber hecho eso, cariño», dijo alguien que salió de una esquina en la que antes no había nada. El hombre vestía un largo traje dorado y portaba un gorro capuchino. Ella cogió una daga en la que había un mechón de pelo enrollado y la clavó en el suelo delante del exótico personaje. Éste titubeó, y después dijo: «Oh, vaya. No me hagas esto... No te va a servir de mucho, mi amor». Huyó. El hombre le lanzó un beso con la mano mientras ella escapaba.

Escaló fácilmente por la fachada hasta alcanzar el tejado. Arriba, aulló a la luz de la luna llena. Después, en seguida avanzó en su busca...
Rugiendo y babeando, corrió por encima de los tejados hasta que se subió a una chimenea. Desde aquella posición contempló el paisaje nocturno. Olió y esperó... pues una figura extremadamente ágil venía hacia ella. Su olor, traído por el viento, era penetrante. Se erizó.
La bestia llegó excitada. Se paró y la miró con deseo. Ella se agazapó en lo alto de la chimenea, vigilándolo. El macho empezó a dar vueltas a su alrededor, despacio. La hembra movió la cola y, frunciendo el hocico, le lanzó un pequeño rugido. Entonces él saltó intentando atraparla pero...  ella escapó.
La persiguió.
Las garras cortaban el aire...
 
La alcanzó y la derribó. La hembra se debatió, pero él la sujetó con fuerza contra el suelo. Se lanzaron mordiscos mientras rugían salvajemente y rodaron por el suelo... Era una lucha por el dominio... Con las zarpas, las bestias, presas de la furia desatada, se desgarraban mutuamente, llevándose mechones de vello...
Poco a poco la pelea fue disminuyendo de ferocidad, y al final llegó un momento en el que ambos, cansados, se apartaron el uno del otro, jadeantes... sabedores de que había llegado el momento.
 
Sus ojos animales se cruzaron. Él se aproximó. Ella ya no opuso resistencia y, sumisa, permitió que la montara. El macho la embistió. Ambos gruñeron y se aparearon en la noche de plenilunio.
 
 
                                                FINAL Y PRINCIPIO
 
Se levantó sin hacer ruido mientras él dormçía plácidamente. Después fue hacia la ventana, y desde allí, lo vio.
 
Salió por la puerta del edificio y cruzó la calle trotando hasta donde le aguardaba la exótica criatura de piel verde limonada. «Bueno, ¿no vamos», dijo.

El hombre borracho se levantó tambaleándose y se golpeó contra la pared. Con su mirada difusa buscó algo de alcohol para sus venas ansiosas. Encima de la mesa, entre desperdicios, había una botella de ginebra. Con la mano temblorosa tomó un sucio vaso de cristal, lo llenó hasta rebosar y bebió con avidez... Entonces se atragantó... Asustado, se llevó las manos a la garganta mientras su rostro se amorataba. Moviéndose convulsamente, asfixiado, intentando respirar, dio vueltas por toda la habitación hasta que cayó... Al golpear con el sucio suelo algo salió de su garganta y el aire entró en sus pulmones de nuevo... Aliviado, miró la pequeña bellota que había sido la causante. Y entonces volvió a adquirir conciencia de sí mismo.
 
Tagotis la acompañó por un bosque verde y frondoso en el que los rayos lunares apenas entraban tímidos. Cuando llegaron al claro, vio a alguien. El infame dios la llevó suavemente de la mano hasta... ella misma... era su cuerpo licántropo que se hallaba suspendido y estático. «Vuelve, hija mía...» y ella regresó a su cuerpo paralizado...
 
Enseguida pudo notar el olor nauseabundo que desprendían los humanos que la perseguían para matarla. Ella se encrespó y, aullando, escapó. Con respiración entrecortada corrió esquivando los árboles. De repente, un grupo de gente que llevaba unas antorchas en la mano le cortó el paso. «¡La bestia, la bestia!», exclamaron, mientras se santiguaban con rostros llenos de temor. Aquellas personas vestían jubones con sayos por encima y portaban largas calzas. Ella notó el calor del fuego, y su resplandor la asustó. Se echó para atrás... El grupo trató de acorralarla pero ella lanzó zarpazos defendiéndose y los individuos recularon. Después afrontó el miedo instintivo al fuego y se tiró hacia delante. Los hombres cayeron al suelo ante su salvaje furia.

Mientras desayunaba, alguien abrió la puerta. Se puso en guardia cuando un ser estrambótico de tez verdosa entró vestido con un kimono con cenefas de flores de color violeta. «Has estropeado mis planes», dijo al acercarse. Luego se sentó a la mesa, cogió una tostada con mantequilla y comió. «Vaya, está buena...», indicó, y luego dijo: «Pero he enviado a tu amiguita de vuelta a su época». Después tiró el resto de la tostada y, cruzando las manos sobre la mesa, gritó: «Y AHORA TE TOCA A TI, PERRO». Entonces él le hizo una negativa con el dedo y después señaló a un tipo que había apoyado en un rincón en la cocina. «¡Vael!», exclamó la bizarra criatura, sorprendida. El hombre gordo y desaliñado se acercó y, dándole unas palmaditas en el hombro, habló: «Lo siento, pero él está bajo mi protección». Tagotis refunfuñó.

Ambos terminaron de desayunar. «Tengo que ponerme en forma», dijo Vael tocándose la barriga. Después eructó.
 
 
 
Carlos Daminsky, 2008
 
 

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