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Un remake de un cuento de terror clásico cuyo título no nos desvelará el autor, Carlos Daminsky. A ver si lo adivináis.
REMAKE Las hojas de los árboles raquíticos caían en la pequeña laguna de aguas turbias, donde apenas fue reflejo pálido y difuso... Una rápida mirada a la casa. La visión le incomodó, como si las antiguas piedras descoloridas estuvieran juzgándole. Sintió estar fuera de lugar en aquel páramo.
La carta de Pedro Cusin había llegado una tarde quebrada y atemporal. Aquel antiguo amigo de la escuela, con el que había tenido una gran amistad pero sin llegar a profundizar, le invitaba a su mansión.
Antes de leer la invitación, aquella misma tarde, se había dislocado en piezas, tornado quitinoso. Transformado en goma. Había permanecido en un ocaso de sangre oscura, perdido, para encontrarse pellejo mirando la única cápsula que quedaba solitaria en un fondo de horizonte desértico... Llave para cerrar una pistola de rayos.
Lo pospuso, mejor, para otro día.
Recordó ir vagando sin líneas que seguir... más tarde camino de espinas y extraños insectos de aspecto escabroso.
Vicente Precio se mojó la cara en la laguna vidriosa, despejándose. La casa le aguardaba. Con sus muros grises, su austera fachada de estrechos ventanales y aquella impresión de soledad que manaba de sus piedras.
Un criado aguardaba en la entrada. Le acompañó, y pasaron por el arco gótico de la puerta. Después le condujo por intrincados pasillos, en los que viejos retratos observaban sus pasos y subieron por la escalera. Por ella bajaba un médico con un maletín a la mano. Se saludaron frugalmente.
La puerta estaba abierta. Al entrar, su amigo Pedro Cusin se volvió. Alto, espigado y de rostro enjuto en el que destacaban sus ojos azules penetrantes. Sonrió al verle.
Aquella tarde charlaron distendidamente. Cusin habló de pasada de su extraña enfermedad nerviosa, que le alteraba los sentidos, y a veces le volvía irascible. Era, según explicó, un mal hereditario de familia y del cual llevaba tratándose durante muchos años sin éxito. Mientras hablaban, por la puerta desfiló Sara como un maniquí mórbido. Apenas se detuvo, tan solo el tiempo justo para clavar su mirada helada en él y después desaparecer. La ventana de su alcoba se abrió de golpe y la furia trajo consigo resplandores fulgentes. Las cortinas se agitaron y él, asustado, inmediatamente se levantó cubriéndose con las manos y la cerró de nuevo. La lluvia, fuera, era tapiz difuso. Cuando se dio la vuelta, una sombra se alargaba contra la pared... Sara avanzó mostrándose. Portaba una ligera túnica que dejaba entrever sus pechos firmes.
Casi sin darse cuenta, estaba besándola con lujuria. Le acarició un muslo y ella gimió mientras deslizaba las manos. Destellos de rayos... truenos... En la cama yacía desnuda, con su cuerpo delgado entre las sábanas blancas. Al colocarse encima, su piel caliente contrastó con la piel fría de ella. Chupó los pezones erectos mientras recorría con la mano la simetría huesuda de la mujer. Tuvo la sensación de palpar... Su mente se cruzó... Sara se deslizó de debajo de él y luego se puso a cuatro patas. Vicente, sudoroso y con una gran erección, la embistió por detrás. El placer se dividió en múltiples raíces por todo su cuerpo y alcanzó el orgasmo, pero la erección no bajó. Así que, presa de la bestialidad, la penetró de nuevo, furioso. Ella jadeó mientras arremetía. Los resplandores de los relámpagos dibujaron contra la pared, las extrañas sombras de los cuerpos agitados, casi animalizados... Sintió mareo... la mujer se apartó y él cayó en la cama, extenuado. Después Sara se colocó detrás y le penetró... Entonces le pareció ver a alguien observando desde una esquina.
El despertar fue helado. Estaba en el suelo, tiritando.
Se alzó con sensaciones ambiguas. Un dolor resacoso se filtraba a través del cráneo. «Todo ha sido una pesadilla, todo ha sido una pesadilla», repitió para convencerse. Pasaron toda la tarde leyendo y estudiando varios libros antiguos, de la extensa colección que ostentaba. Elementa Chemicae Leiden, de Barchunsen; Integrun Morbun Mysterium, de Robert Fludd; Ars Magna Lucis, de Athanasius Kercher. Además de tratados de Tarot y Quiromancia, de simbología y jeroglíficos alquímicos. Ensimismados estaban con todo aquello, cuando el criado entró atropelladamente y dijo algo a su amigo, que inmediatamente quedó abatido con el rostro en blanco.
Sara había muerto.
Bajaron el cuerpo inerte a la cripta, lúgubre y húmeda. Corrieron la losa y depositaron el cadáver en el interior de la tumba.
Silencio espeso.
Vicente Precio tan sólo pudo hacer descansar su mente al abandonar aquel lugar ténebre.
La tormenta se presentó por la noche.
Los truenos le despertaron de su sueño febril. Al lado había alguien desnudo... Era Pedro Cusin... Quedó confundido... Su amigo despertó con ojos idos y tomó asiento al borde del lecho, mientras balbuceaba como preocupado.
Para tranquilizarle, Vicente Precio, tomó un libro al azar de la biblioteca y leyó. La novela anónima se titulaba Ronaldo y Elvira.
«... Su amado caballero había dado muerte a todos aquellos que habían mancillado el honor de ella... En la sala de los candelabros lloró desconsolada, pues sabía que Ronaldo había logrado su propósito con ayuda de artes maléficas. Entonces, en aquel instante, la ventana se abrió y el viento apagó las velas. Elvira sabía que el momento había llegado cuando una silueta demoníaca, dibujada a contraluz por los rayos lunares, apareció reclamando lo que era suyo... »
Y su amigo se levantó de golpe gritando: «¡Ella, ella! ¿No la oyes? ¡Ella, rascando con sus dedos! ¡No, no, no! ¡La volví a sepultar!».
La puerta de la alcoba se abrió y Sara apareció con sus dedos ensangrentados. Aquella visión hizo que Cusin cayera fulminado en el suelo.
Tragó la cápsula que le dio Vicente Precio. Después descendió a la cripta. Del suelo emergían efluvios rosas con forma de raíces. Levantó la losa de la difunta. Allí estaba, estática y mórbidamente pálida, Sara. Agitado, el instinto sexual les arrebató la razón...
Miró a su amigo en el suelo y después a Sara, cuyo rostro era una máscara pesadillesca. Los ojos desorbitados de la insepulta se clavaron en él.
Huyó horrorizado.
Fuera corrió sin rumbo bajo la tormenta, presa del pánico. En la fachada de la casa, una grieta iba haciéndose cada vez más profunda. Una figura le cortó el camino.
—¿Adónde crees que vas? —dijo Pedro Cusin, pálido y enfermizo. Como muerto.
Miraron horrorizados mientras mostraba la larga hoja puntiaguda y destellante. Gritando, con rostro enloquecido, se abalanzó propinando cuchilladas. Sara y Vicente estaban maniatados encima de la cama. El filo de la venganza de Pedro tintó de sangre las sábanas blancas.
Ellos se convirtieron en cadáveres repletos de heridas, como grietas.
La casa se agrietó por el centro de la fachada. Vicente Precio llevaba mucho tiempo enganchado a las cápsulas de sueironina. Tanto que ya no sabía cuánto, pues el propio tiempo se había convertido en algo ajeno para él. Su vida se había detenido frente a un pozo alquitranado en el que el suicidio era un constante tik-tak tik-tak... Como siempre, se había dicho que aquélla sería la última cápsula, pero en realidad era la eterna penúltima.
En un arrebato, pues él era parco en palabras y solía ser reservado, estuvo hablando de su adicción con su amigo aquella mañana. Pero éste parecía estar ajeno y le respondía con escuetas afirmaciones a toda su sinceración... De repente, cortó el diálogo cuando le propuso con ojos turbios: «¿Me das una, por favor?» En aquellos instantes Vicente pensó que la droga quizás podría ayudar a calmar la enfermedad degenerativa de su amigo.
Los tres habían salido a dar una vuelta por los alrededores de la mansión. Después de un paseo se habían sentado. En las caras enrojecidas de todos, los ojos parecían dar vueltas extrañamente.
—No deberías de haber dado ninguna cápsula a tu mujer —dijo fríamente Vicente.
—¡Qué más da, querido amigo!
Sara permanecía autista. Casi como una irreal imagen.
—Ella no está bien...
Entonces la mujer se alzó de repente, cortando la conversación. Ellos quedaron sorprendidos ante aquel rápido movimiento, pues Sara sufría de un mal que prácticamente la mantenía paralizada y hacía de ella una mera estatua que se dejaba llevar.
—¡Estúpidos! —gritó, burlándose de ellos—. ¡Estúpidos! —repitió con sonrisa drogada.
Después se desnudó mostrando sus dos puntiagudos pechos, pero también su cuerpo velludo y entre las piernas un abultado falo.
Carlos Daminsky, 2008
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